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Capítulo LXV En la tarde de ese día , durante el cual había visitado yo todos los sitios que me eran queridos , y que no debía volver a ver , me preparaba para emprender viaje a la ciudad , pasando por el cementerio de la Parroquia donde estaba la tumba de María . Juan Ángel y Braulio se habían adelantado a esperarme en él , y José , su mujer y sus hijas me rodeaban ya para recibir mi despedida . Invitados por mí me siguieron al oratorio , y todos de rodillas , todos llorando , oramos por el alma de aquélla a quien tanto habíamos amado . José interrumpió el silencio que siguió a esa oración solemne para recitar una súplica a la protectora de los peregrinos y navegantes . Ya en el corredor , Tránsito y Lucía , después de recibir mi adiós , sollozaban cubierto el rostro y sentadas en el pavimento ; la señora Luisa había desaparecido : José , volviendo a un lado la faz para ocultarme sus lágrimas , me esperaba teniendo el caballo del cabestro al pie de la gradería : Mayo , meneando la cola y tendido en el gramal , espiaba todos mis movimientos como cuando en sus días de vigor salíamos a caza de perdices . Faltóme la voz para decir una postrera palabra cariñosa a José y a sus hijas ; ellos tampoco la habrían tenido para responderme . A pocas cuadras de la casa me detuve antes de emprender la bajada a ver una vez más aquella mansión querida y sus contornos . De las horas de felicidad que en ella había pasado , sólo llevaba conmigo el recuerdo ; de María , los dones que me había dejado al borde de su tumba . Llegó Mayo entonces , y fatigado se detuvo a la orilla del torrente que nos separaba : dos veces intentó vadearlo y en ambas hubo de retroceder : sentóse sobre el césped y aulló tan lastimosamente como si sus alaridos tuviesen algo de humano , como si con ellos quisiera recordarme cuánto me había amado , y reconvenirme porque lo abandonaba en su vejez . A la hora y media me desmontaba a la portada de una especie de huerto , aislado en la llanura y cercado de palenque , que era el cementerio de la aldea . Braulio , recibiendo el caballo y participando de la emoción que descubría en mi rostro , empujó una hoja de la puerta y no dio un paso más . Atravesé por enmedio de las malezas y de las cruces de leño y de guadua que se levantaban sobre ellas . El sol al ponerse cruzaba el ramaje enmarañado de la selva vecina con algunos rayos , que amarilleaban sobre los zarzales y en los follajes de los árboles que sombreaban las tumbas . Al dar la vuelta a un grupo de corpulentos tamarindos , quedé enfrente de un pedestal blanco y manchado por las lluvias , sobre el cual se elevaba una cruz de hierro : acerquéme . En una plancha negra que las adormideras medio ocultaban ya , empecé a leer : « María . . . » .
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