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Capítulo VI ¿ Qué había pasado en aquellos cuatro días en el alma de María ? Iba ella a colocar una lámpara en una de las mesas del salón cuando me acerqué a saludarla ; y ya había extrañado no verla en medio del grupo de la familia en la gradería donde acabábamos de desmontarnos . El temblor de su mano expuso la lámpara ; y yo le presté ayuda , menos tranquilo de lo que creí estarlo . Pareciáme ligeramente pálida , y alrededor de sus ojos había una leve sombra , imperceptible para quien la hubiese visto sin mirarla . Volvió el rostro hacia mi madre , que hablaba en ese momento , evitando así que yo pudiera examinarlo bañado por la luz que teníamos cerca : noté entonces que en el nacimiento de una de las trenzas tenía un clavel marchito ; y era sin duda el que le había dado yo la víspera de mi marcha para el Valle . La crucecilla de coral esmaltado que había traído para ella , igual a las de mis hermanas , la llevaba al cuello pendiente de un cordón de pelo negro . Estuvo silenciosa , sentada en medio de las butacas que ocupábamos mi madre y yo . Como la resolución de mi padre sobre mi viaje no se apartaba de mi memoria , debí de parecerle a ella triste , pues me dijo en voz casi baja : - ¿ Te ha hecho daño el viaje ? - No , María - le contesté - ; pero nos hemos asoleado y hemos andado tanto . . . Iba a decirle algo más , pero el acento confidencial de su voz , la luz nueva para mí que sorprendí en sus ojos , me impidieron hacer otra cosa que mirarla , hasta que notando que se avergonzaba de la involuntaria fijeza de mis miradas , y encontrándome examinado por una de mi padre ( más temible cuando cierta sonrisa pasajera vagaba en sus labios ) , salí del salón con dirección a mi cuarto . Cerré las puertas . Allí estaban las flores recogidas por ella para mí : las ajé con mis besos ; quise aspirar de una vez todos sus aromas , buscando en ellos los de los vestidos de María ; bañélas con mis lágrimas . . . ¡ Ah ! ¡ los que no habéis llorado de felicidad así , llorad de desesperación , si ha pasado vuestra adolescencia , porque así tampoco volveréis a amar ya ! ¡ Primer amor ! . . . noble orgullo de sentirnos amados : sacrificio dulce de todo lo que antes nos era caro a favor de la mujer querida : felicidad que comprada para un día con las lágrimas de toda una existencia , recibiríamos como un don de Dios : perfume para todas las horas del porvenir : luz inextinguible del pasado : flor guardada en el alma y que no es dado marchitar a los desengaños : único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de los hombres : delirio delicioso . . . inspiración del cielo . . . ¡ María ! ¡ María ! ¡ Cuánto te amé ! ¡ Cuánto te amara ! . . . Capítulo VII Cuando hizo mi padre el último viaje a las Antillas , Salomón , primo suyo a quien mucho había amado desde la niñez , acababa de perder su esposa . Muy jóvenes habían venido juntos a Sur - América ; y en uno de sus viajes se enamoró mi padre de la hija de un español , intrépido capitán de navío , que después de haber dejado el servicio por algunos años , se vio forzado en 1819 a tomar nuevamente las armas en defensa de los reyes de España , y que murió fusilado en Majagual el veinte de mayo de 1820 .
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