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El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño conyugal : sentimiento apacible , exento de esas divinas locuras que abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo . La marquesa de Andrade vivía contenta , algo envanecida de haber soltado la cáscara provinciana , y satisfecha también de conservar su honradez como la conservan allá en Vigo las señoras muy visibles , que no dan un paso sin que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho . Entretenía sus ocios pensando , por ejemplo , que el último vestido que le había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth de la Sahagún ; que estaba á bien con el Padre Urdax , merced á haber entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas ; que ella era una dama formal , intachable , y que , sin embargo , no dejaban de citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez ; que podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio , y que ni el mundo ni Dios tenían por qué volverle la espalda . Y ahora . . . X OYENDO un nuevo repiqueteo de campanilla , acudió Angela despavorida , á ver qué era . Su ama estaba medio incorporada sobre un codo . — Venga quien venga , ¿ entiendes ? , venga quien venga . . . , que he salido . — A todo el mundo , vamos ; que ha salido la señorita . — A todo el mundo : sin excepción . Cuidadito como me dejas entrar á nadie . — ¡ Jesús , señorita ! Ni el aire entrará . — Y prepárame el baño . — ¿ El baño ? ¿ No le sentará mal á la señorita ? — No — contestó Asís secamente . — ( ¡ Manía de meterse en todo tienen estas doncellas ! ) — ¿ Y la orden del coche , señorita ? Ya dos veces ha venido Roque á preguntarla . Al nombre del cochero , sintió Asís que le subía un pavo atroz , como si el cochero representase para ella la sociedad , el deber , todas las conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera . ¡ El cochero si que debía maliciarse ! . . . — Dile . . . , dile que . . . venga dentro de un par de horas . . . , á las cuatro y media . . . No , á las cinco y cuarto . Para paseo . . . Las cinco y media más bien . Saltó de la cama , se puso la bata , y se calzó las chinelas . ¡ Sentía un abatimiento grande , agujetas , cansancio , y al mismo tiempo una excitación , unas ganas de echar á andar , de huir de sí misma , de no verse ni oirse ! No se podía sufrir . — ¡ Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos enredos ! No les arriendo la ganancia . . . ¡ Ay ! Aborrezco los tapujos y las ilegalidades . . . He nacido para vivir con orden y con decoro , está visto . ¿ Le dará á ese tunante por venir ? Mientras no estaba dispuesto el baño , practicó Asís las operaciones de aseo que deben precederle : limpiarse y limarse las uñas , lavar y cepillar esmeradamente la dentadura , desenredar el pelo y pasarse repetidas veces el peine menudo , registrarse cuidadosamente las orejas con la esponjita y la cucharita de marfil , frotarse el pescuezo con el guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel . A cada higiénica operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena , Asís creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior , y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral , al asearse , juzgaba regenerarse .
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