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Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el sentimentalismo artístico . Dos mozallonas frescas , sudorosas porque acababan de bailar , echando alegría y salud á chorros , y saliéndoles la juventud en rosas á los carrillos y á los labios ; para más , alborotadas y retozonas dándose codazos y pellizcándose para hacerse reir mutuamente . Viendo á semejantes ninfas , Pacheco abandonó á la señá Donata , y con el mayor rendimiento se consagró á ellas , encandilado y camelador como hijo legitimo de Andalucía . Todas las penas ajogadas por el Tío Pepe se fueron á paseo , y el gaditano , entornando los ojos , derramando sales por la boca y ceceando como nunca , aseguró á aquellas principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían entrado , no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos . — ¿ Vienen ustés de bailar ? — les preguntó risueño . — Pus ya se ve , — contestaron ellas con chulesco desgarro . — ¿ Sin hombres ? ¿ Sin pareja ? — Ni mardita la falta . — Pan con pan . . . Eso es más soso que una calabasa , prendas . Si me hubiesen ustés llamao . . . — ¿ Que iba usté á venir ? Somos poca cosa pa usté . — ¿ Poca cosa ? Son ustés . . . dos peasitos del tersiopelo de que está forraa la bóveda seleste . ¡ Ea ! ¿ echamos ó no ese baile ? Ahora me empeñé yo . . . ¡ A bailar ! Salió como una exhalación ; dió la vuelta al pasillo aéreo ; cruzó el puente que á los dos merenderos unía , y en breve , al compás del horrible piano mecánico , Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras . XX ENTRE las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade , y de los gallegos en general , se cuenta cierto don de encerrar bajo llave toda impresión fuerte . Esto se llama guardarse las cosas , y si tiene la ventaja de evitar choques , tiene la desventaja de que esas impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro . Cuando el andaluz regresó después de haber pegado cuatro saltos , enjugándose la frente con su pañuelo y abanicándose con el hongo , halló á la señora aparentemente tranquila y afable , ocupada en obsequiar con queso , bizcochos y pasas á las dos gorrioncillas , y muy atenta á la charla de la vejezuela , que refería por tercera vez las golpás de sangre causa de la defunción de su yerno . Pero el camarero , que era más fino que el oro y más largo que la cuaresma , se dió cuenta con rápida intuición de que aquello no iba por el camino natural de almuerzos semejantes , y adoptando el aire imponente de un bedel que despeja una cátedra , intimó á toda la bandada la orden de expulsión . — ¡ Ea ! bastante han molestado Vds . á los señores . Me parece regular que se larguen . — Oigasté . . . ¡ El tío este ! Si yo he entrao aquí , fué porque los señores me lo premitieron , ¿ estamos ? Yo soy así , muy franca de mi natural . . . , y me arrimo aonde veo naturalidá , y señoritos llanos y buenos mozos , sin despreciar á nadie . — ¡ Ole las mujeres principales ! — contestó con la mayor formalidad Pacheco , pagando el requiebro de la señá Donata . La cual no soltó el sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres . Las gorrionas se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres , pero ni con tenazas se les pudo sacar palabra alguna . No piaron hasta que fueron á posarse en el salón de baile .
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