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Al terminarla extendió la mano ; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y se la sujetó en el pecho con el imperdible . Acercóse obsequiosa la señá Donata , ofreciendo á sus huérfanas , sus nietecicas , « pa juntar un ramo de cacias y de mapolas , si á la señorita le gustan . . . » Dió Asís las gracias rehusando , porque se marchaba acto continuo , y acercándose disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano , recia y curtida cual la piel del arenque . Acercóse el simón ; sin duda el cochero se había atizado un par de tragos , porque su nariz echaba lumbre , reluciendo al sol como la película roja que viste á los pimientos riojanos . La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente ; Pacheco la siguió . . . — En el coche harán las paces — piaron las gorrionas mayores . — ¿ A que sí ? — La fija . En entrando . . . Grande fué el asombro de aquellas aves , más parleras que canoras , viendo que , tras un corto debate al pié de la portezuela , la señora tendió la mano á Pacheco , éste llevó la suya al sombrero saludando , y el simón arrancó á paso de tortuga , bamboleándose sobre la polvorosa carretera . — Pus ella vence . . . Me lo deja plantadito . — ¿ A que él se nos vuelve aquí ? — indicó la gorriona primogénita , alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado , untadas de bandolina . No volvió el muy . . . Ni siquiera torció la cabeza para hacerlas un saludo ó enviarlas una sonrisa de despedida . ¡ Fantasioso ! Estuvo pendiente del simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo ; luego , cabizbajo , echó á andar á pié . XXI LA buena fe , que debe servir de norma á los historiadores , así de hechos memorables como de sucesos ínfimos , obliga á declarar que la marquesa viuda de Andrade se dedicó asiduamente — desde las dos de la tarde , hora en que llegó á su casa , hasta cerca de las nueve de la noche — á la faena del arreglo definitivo de su equipaje , resolviendo la marcha para el siguiente día , sin prórroga . El trajín fué gordo , y aumentó sus fatigas el desasosiego moral de la señora . Anduvo hecha un zarandillo ; removió hasta el último trasto de la casa ; mareó á la Diabla ; aturrulló á los demás criados ; y al agitarse así la impulsaban sus nervios , tirantes como cuerdas de guitarra , al par que sentía una especie de punzada continua en el corazón , un calor extraño en el epigastrio , un saborete amargo en la boca . Después de haber comido — por fórmula y sin ganas — pidióle Angela licencia , ya que era el último día , para decir adiós á su hermana . La negó en un arranque de cólera ; la otorgó dos minutos después . Y así que la chica batió la puerta , la señora , rendida de cuerpo , más encapotada que nunca de espíritu , se retiró á su dormitorio . . . Tenía que poner el S . D . á un sinnúmero de tarjetas ; pero ¡ estaba tan molida ! ¡ de humor tan perro ! Además , la punzadita aquella del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo , intolerable . . . ¿ Se aplacaría un poco recostándose en la cama ? A ver . . .
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