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— Hija , en mi entender , hizo usted muy mal — la decía el Padre Incienso , viéndola bañada en lágrimas al pie del confesionario . — Un chico formal , laborioso , dispuesto á casarse , no se encuentra por ahí fácilmente . Hasta el aguardar á tener posición para fundar familia , lo encuentro loable en él . En cuanto á lo demás . . . á esas figuraciones de usted . . . Los hombres . . . por desgracia . . . Mientras está soltero , habrá tenido esos entretenimientos . . . Pero usted . . . — ¡ Padre — exclamó la joven — créame usted , pues aquí hablo con Dios ! ¡ Le quería . . . le quiero . . . y por lo mismo . . . por lo mismo , padre ! ¡ Si no le dejo . . . le imito ! ¡ Yo tambien . . . ! Afra LA primera vez que asistí al teatro de Marineda — cuando me destinaron con mi regimiento á la guarnición de esta bonita capital de provincia — recuerdo que asesté los gemelos á la triple hilera de palcos , para enterarme bien del mujerío y las esperanzas que en él podía cifrar un muchacho de veinticinco años no cabales . Gozan las marinedinas fama de hermosas , y vi que no usurpada . Observé también que su belleza consiste principalmente en el color . Blancas ( por obra de naturaleza , no del perfumista ) , de bermejos labios , de floridas mejillas y mórbidas carnes , las marinedinas me parecieron una guirnalda de rosas tendida sobre un barandal de terciopelo obscuro . De pronto , en el cristal de los anteojos que yo paseaba lentamente por la susodicha guirnalda , se encuadró un rostro que me fijó los gemelos en la dirección que entonces tenían . Y no es que aquel rostro sobrepujase en hermosura á los demás , sino que se diferenciaba de todos por la expresión y el carácter . En vez de una fresca encarnadura y un plácido y picaresco gesto , vi un rostro descolorido , de líneas enérgicas , de ojos verdes , coronados por cejas negrísimas , casi juntas , que les prestaban una severidad singular ; de nariz delicada y bien diseñada , pero de alas movibles , reveladoras de la pasión vehemente ; una cara de corte severo , casi viril , que coronaba un casco de trenzas de un negro de tinta ; pesada cabellera que debía de absorber los jugos vitales y causar daño á su poseedora . . . Aquella fisonomía , sin dejar de atraer , alarmaba , pues era de las que dicen á las claras desde el primer momento á quien las contempla : « Soy una voluntad . Puedo torcerme , pero no quebrantarme . Debajo del elegante maniquí femenino , escondo el acerado resorte de un alma . » He dicho que mis gemelos se detuvieron , posándose ávidamente en la señorita pálida del pelo abundoso . Aprovechando los movimientos que hacía para conversar con unas señoras que la acompañaban , detallé su perfil , su acentuada barbilla , su cuello delgado y largo , que parecía doblarse al peso del voluminoso rodete , su oreja menuda y apretada , como para no perder sonido . Cuando hube permanecido así un buen rato , llamando sin duda la atención por mi insistencia en considerar á aquella mujer , sentí que me daban un golpecito en el hombro , y oí que me decía mi compañero de armas Alberto Castro :
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