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De pronto sobrevino un cambio radical en la vida de la princesa . Murieron en una batalla su padre y su hermano , y recayó en ella la sucesión del trono . Brillante comitiva de señores , guerreros , obispos , pajes y damas , vino á buscarla solemnemente y á escoltarla hasta la capital de sus Estados . Y la que pocos días antes sólo conversaba con los pájaros , y sólo esperaba el rayo de sol del pastorcillo , se halló aclamada por millares de voces , aturdida por el bullicio de espléndidos festejos , y admiró las iluminaciones entre el follaje , y oyó las músicas ocultas en el jardín , y giró con las parejas que danzaban , y supo lo que es la gloria , la riqueza , el placer , la pasión delirante y la alegría loca . . . Habían pasado muchos , muchos años , cuando la princesa , reina ya , — y casi vieja ya , — tuvo el capricho de visitar aquella torre donde su padre , por precaución y por tiránica desconfianza , la mantuvo emparedada durante los momentos más bellos de la juventud . Al entrar en el camarín , una nostalgia dolorosa , una especie de romántica melancolía se apoderó de la reina y la obligó á reclinarse en el ajimez , sintiendo preñados de lágrimas los ojos . La tarde caía inflamando el horizonte ; el bosque exhalaba su melodioso y hondo susurro . . . y la reina , tapándose la cara con las manos , sentía que las gotas de llanto escurrían pausadamente al través de los dedos entreabiertos . ¿ Lloraba acaso al recordar lo sufrido en el torreón ; el largo cautiverio , la soledad , el aislamiento , el fastidio ? ¡ Mal conocéis el corazón de las mujeres los que á eso atribuís el llanto de tan alta señora ! Sabed que , desde el momento en que pisó la torre , la reina echaba de menos el rayo de sol , que todos los días , á la misma hora , la enviaba el pastorcillo enamorado por medio de un trozo de vidrio . Por aquel trozo de vidrio daría ahora la soberana los más ricos diamantes de su corona real . Sólo aquel rayo podía iluminar su corazón , fatigado , lastimado , quebrantado , marchito . Y al dejar escurrir las lágrimas , sin cuidarse de reprimirlas ni de secarlas con el blasonado pañuelo , lloraba la juventud , la ilusión , la misteriosa energía vital de los años primaverales . . . Nunca volvería el pastorcillo á enviarla el divino rayo . Los buenos tiempos SIEMPRE que entrábamos en el despacho del Conde de Lobeira , atraía mis miradas — antes que las armas auténticas , las lozas hispano - moriscas y los retazos de cuero estampado que recubrían la pared — un retrato de mujer , de muy buena mano , que por el traje indicaba tener , próximamente , un siglo de fecha . — « Es mi bisabuela , doña Magdalena Varela de Tobar , vigésima segunda Condesa de Lobeira » — había dicho el Conde , respondiendo á mi curiosa interrogación en el tono del que no quiere explicarse más ó no sabe otra cosa . Y por entonces hube de contentarme , acudiendo á mi fantasía para desenvolver las ideas inspiradas por el retrato .
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