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Una tarde que volví de Marineda , mi mujer , sin darme tiempo á soltar la capa , se encerró conmigo en su cuarto y me dijo que no ignoraba el estado de Mercedes . . . ¡ Ya supondrá usted cuál sería el estado de Mercedes ! . . . y que , pues había sufrido tanto y con tal paciencia , lo que naciese , para ella , para Romana , tenía que ser en toda propiedad . . . . . como si lo hubiese parido Romana misma . » Me quedé tonto . Y el caso es que mi mujer se expresaba de tal manera , ¡ con un tono y unas palabras ! , y tenía además tanta razón y tal sobra de motivos para mandar y exigir , que apenas nació el niño y lo ví empañado , lo envolví en un chal de calceta que me dió Romana para ese fin , y en el coche de Marineda á Goyán hizo su primer viaje de este mundo . » — ¿ Ese niño es el que está retratado al lado de su esposa de usted , dentro de los marcos gemelos ? — Ajajá . Precisamente . ¡ Mire usted : dificulto que ningún chiquillo , ni Alfonso XIII , se haya visto mejor cuidado y más estimado ! Romana , desde que se apoderó del pequeño , no hizo caso de mí , ni de nadie , sino de él . El niño dormía en su cuarto ; ella le vestía , ella le desnudaba , ella le tenía en el regazo , ella le enseñaba á juntar las letras y ella le hacía rezar . Hasta formó resolución de testar en favor del niño . . . Sólo que él falleció antes que Romana ; como que al rapaz le dieron las viruelas el 20 de Marzo , y una semana después voló á la gloria . . . y Romana , el 7 de Abril fué cuando la desahució el médico , y la perdí á la madrugada siguiente . » — ¿ Se la pegaron las viruelas ? — pregunté al señor de Bernárdez , que se aplicaba el pañuelo sin desdoblar á los ribeteados y mortecinos ojos . — ¡ Naturalmente . . . Si no se apartó del niño ! — ¿ Y usted , cómo no se casó con Mercedes ? — Porque malo soy , pero no tanto como eso — contestó en voz temblona , mientras una aguadilla que no se redondeó en lágrima asomaba á sus áridos lagrimales . Maldición de gitana SIEMPRE que se trata , entre gente con pretensiones de instruída , de agorerías y supersticiones , no hay nadie que no se declare exento de miedos pueriles , y punto menos desenfadado que don Juan frente á las estatuas de sus víctimas . No obstante , transcurridos los diez minutos consagrados á alardear de espíritu fuerte , cada cual sabe alguna historia rara , algún sucedido inexplicable , una « coincidencia » . ( Las coincidencias hacen el gasto . ) La ocasión más frecuente de hablar de supersticiones la ofrecen los convites . De los catorce ó quince invitados se excusan uno ó dos : al sentarse á la mesa , alguien nota que son trece los comensales , — y al punto decae la animación , óyense forzadas risas y chanzas poco sinceras , y los amos de la casa se ven precisados á buscar , aunque sea en los infiernos , un número catorce . Conjurado ya el mal sino , renace el contento ; las risitas de las señoras tienen un sonido franco ; se ve que los pulmones respiran á gusto . ¿ Quién no ha asistido á un episodio de esta índole ?
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