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— ¿ No quieres buenaventuras , jermoso ? Pues toma mardisiones . . . Premita Dios . . . Premita Dios . . . ¡ que vayas montao y vuelvas tendío ! Yo no sé con qué tono pudo decirlo la malvada , que nos quedamos de hielo . Leoncio , en especial , como adoraba en su hermano , se demudó un poco y avanzó hacia la gitana en actitud amenazadora ; los perros , que conocen tan perfectamente las intenciones de sus amos , se abalanzaron ladrando con furia ; uno de ellos hincó los dientes en la pierna desnuda de la mujer , que dió un chillido . Esto bastó para que Leoncio y yo , y todos , incluso Santiago , nos distrajésemos de la maldición y pensásemos únicamente en salvar á la bruja moza , en riesgo inminente de ser destrozada por la jauría . Contenidos los perros , cuando volvimos la cabeza , la gitana ya no parecía por allí ; sin duda se había puesto en cobro , aunque nadie supo por donde . Al llegar aquí de su narración Gustavo , me hirió de súbito un recuerdo . — Espere usted , espere usted . . . — murmuré recapacitando . — Creo que conozco el final de la historia . . . Cuando usted nombró á los Mayoral , empezó á trabajar mi cabeza . . . El nombre me sonaba . . . Tengo idea de que conozco á los dos hermanos , y ya voy reconstruyendo su figura . . . Leoncio , vivo , moreno , delgado ; Santiago , rubio y algo más grueso . . . ¿ Fué en esa cacería donde ? . . . — Donde Leoncio , creyendo disparar á un corzo , mató á Santiago de un balazo en la cabeza — respondió lentamente Gustavo , cruzando las manos con involuntaria angustia . — Santiago volvió tendido . . . Perdí á la vez mis dos amigos ; porque el matador , si no enloqueció de repente , como pasa en las novelas y en las comedias , quedó en un estado de perturbación y de alelamiento que fué creciendo cada día ; y quizás por olvidar cortos instantes la horrible escena , se entregó — él que era tan formalillo que hasta le embromábamos — á mil excesos , acabando así de idiotizarse . ¿ Después de saber esta coincidencia , extrañará usted que me agrade poco sentarme á una mesa de trece ? Por más que quiero dominarme , se me conoce el miedo . . . ¡ El miedo , sí ; hay que llamar á las cosas por su nombre ! — ¿ Y volvió á parecer la gitana ? — pregunté con curiosidad . — ¡ La gitana ! ¡ Quién sabe adónde vuelan esas cornejas agoreras ! — exclamó Gustavo sombríamente . — Los de esa casta no tienen poso ni paradero . . . Como dice Cervantes , á su ligereza no la impiden grillos , ni la detienen barrancos , ni la contrastan paredes . . . Cuando velábamos al pobre Santiago , y tratábamos de impedir que se suicidase el desesperado Leoncio , ya la bruja debía de estar entre breñas , camino de Huelva ó de Portugal . La bicha HAN leído ustedes á Selgas ? — preguntó la discreta viuda , cerrando su abanico antiguo de vernis Martín , una de esas joyas que para todo sirven , excepto para abanicarse . — ¿ Han leído á Selgas ? Los que formábamos peñita en la estufa , huyendo de los sofocados y atestados salones , movimos la cabeza . ¿ Selgas ? Un autor á quien , como suele decirse , « le ha pasado el sol por la puerta » . . . Nombre casi borrado ya . . .
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