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— ¡ Eh , paisano , amigo , hombre caritativo . . . á ver si levantamos la viga que cayó en el rincón ! . . . ¡ Eh ! buenos amigos , dejen ustedes ahí un ladito ese moribundo que llevan al hospital , y vengan á ayudarme . ¿ No hay un alma piadosa ? Parece que los corazones se han vuelto de bronce . . . Ya no hay sentimientos humanitarios . . . ¡ Oh ! zaragozanos sin piedad , ¡ ved cómo Dios os está castigando ! Viendo que nadie le amparaba , entró de nuevo en la casa ; pero salió al poco rato gritando con desesperación : — ¡ Ya no se puede salvar nada ! ¡ Todo está ardiendo ! Virgen mía del Pilar , ¿ por qué no haces un milagro ? ¿ Por qué no me concedes el don de aquellos prodigiosos niños del horno de Babilonia , para que pueda penetrar dentro del fuego y salvar mis papeles ? XXV Luego se sentó sobre un montón de piedras , y á ratos se golpeaba el cráneo ; á ratos , sin soltar el gallo , llevábase la mano al pecho exhalando profundos suspiros . Preguntéle de nuevo por su hija , con objeto de saber de Agustín , y me dijo : — Yo estaba en aquella casa de la calle de Añón , donde nos metimos ayer . Todos me decían que allí no había seguridad y que mejor estaríamos en el centro del pueblo ; pero á mí no me gusta ir allí donde van todos , y el lugar que prefiero es el que abandonan los demás . El mundo está lleno de ladrones y rateros . Conviene , pues , huir del gentío . Nos acomodamos en un cuarto bajo de aquella casa . Mi hija tenía mucho miedo al cañoneo y quería salir afuera . Cuando reventaron las minas en los edificios cercanos , ella y Guedita salieron despavoridas . Quedéme solo , pensando en el peligro que corrían mis efectos , y de pronto entraron unos soldados con teas encendidas , diciendo que iban á pegar fuego á la casa . Aquellos canallas miserables no me dieron tiempo á recoger nada , y lejos de compadecer mi situación , burláronse de mí . Yo escondí la caja de los recibos , por temor á que , creyéndola llena de dinero , quisieran quitármela ; pero no me fué posible permanecer allí mucho tiempo . Me abrasaba con el resplandor de las llamas , y me ahogaba con el humo . A pesar de todo , insistí en salvar mi caja . . . ¡ Cosa imposible ! Tuve que huir . Nada pude traer , ¡ Dios poderoso ! nada más que este pobre animal , que había quedado olvidado por sus dueños en el gallinero . Buen trabajo me costó cogerle . ¡ Casi se me quemó toda una mano ! ¡ Oh , maldito sea el que inventó el fuego ! ¡ Que pierda uno su fortuna por el gusto de estos héroes ! . . . Yo tengo dos casas en Zaragoza , además de la en que vivía . Una de ellas , la de la calle de la Sombra , se me conserva ilesa , aunque sin inquilinos . La otra , que llaman Casa de los Duendes , á espaldas de San Francisco , está ocupada por las tropas , y toda me la han destrozado . ¡ Ruínas , nada más que ruínas ! ¡ Es feliz la ocurrencia de quemar las casas , sólo por impedir que las conquisten los franceses ! — La guerra exige que se haga así — le respondí , — y esta heróica ciudad quiere llevar hasta el último extremo su defensa .
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