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Quedose un rato Fortunata en la puerta mirándola subir , calle arriba , y después entró despacio , meditabunda . En todo el resto del día no la pudo apartar de su mente . ¡ Qué extraordinaria mujer aquella ! Sentíala dentro de sí , como si se la hubiera tragado , cual si la hubiera tomado en comunión . Las miradas y la voz de la santa se le agarraban a su interior como sustancias perfectamente asimiladas . Y por la noche , cuando Maxi se durmió , y estaba ella dando vueltas en la cama sin poder coger el sueño , vínole a la imaginación una idea que la hizo estremecer . Con tal claridad veía a Guillermina como si la tuviera delante ; pero lo raro no era esto , sino que se le parecía también a Napoleón , como Mauricia la Dura . ¿ Y la voz ? . . . La voz era enteramente igual a la de su difunta amiga . ¿ Cómo así , siendo una y otra personas tan distintas ? Fuera lo que fuese , la simpatía misteriosa que le había inspirado Mauricia , se pasaba a Guillermina . ¿ Cómo , pues , se podían confundir la que se señaló por sus vergonzosas maldades y la santa señora que era la admiración del mundo ? « Yo no sé cómo es esto — discurría Fortunata — ; pero que se parecen no tiene duda . Y el habla de las dos me suena lo mismo . . . Señor , ¡ qué será esto ! » . Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo para averiguar el sentido de tal fenómeno , y llegó a figurarse que de los restos fríos de Mauricia salía volando una mariposita , la cual mariposita se metía dentro de la rata eclesiástica y la transformaba . . . ¡ Cosa más rara ! ¡ El mal extremado refundiéndose así y reviviendo en el bien más puro ! . . . ¿ Pero no podría ser que Mauricia , arrepentida y bien confesada y absuelta , se hubiera trocado , al morir , en criatura sana y pura , tan pura como la misma santa fundadora . . . o más , o más ? « ¡ Qué confusión , Dios mío ! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas . . . » . Después le causaba pavor la visión figurada de los pies de Mauricia . . . En la oscuridad , que surcaban rayas luminosas , veía las botas elegantes y pequeñas de la difunta . . . Los pies se movían , el cuerpo se levantaba , daba algunos pasos , iba hacia ella y le decía : « Fortunata , querida amiga de mi alma , ¿ no me conoces ? ¡ Re . . . ! Si no me he muerto , chica , si estoy en el mundo , créetelo porque yo te lo digo . Soy Guillermina , doña Guillermina , la rata eclesiástica . Mírame bien , mírame la cara , los pies . . . las manos , el mantón negro . . . Estoy loca con este asilo pastelero , y no hago más que pedir , pedir , pedir al Verbo y a la Verba . Sr . Pepe , ¿ me hace usted esos gatillos o no ? . . . ¡ peinetas se debían volver ! » . - VII - La idea . . . la pícara idea - i - Guillermina vivía , como antes se ha dicho , en la calle de Pontejos , pared por medio con los de Santa Cruz . Era aquella la antigua casa de los Morenos ; allí estuvo la banca de este nombre desde tiempos remotos , y allí está todavía con la razón social de Ruiz Ochoa y Compañía . El edificio , por lo angosto y alto , parecía una torre .
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