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III PAISAJE A poco andar se detuvo . El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea y perlada un recodo del camino . Allí unos cuantos sauces inclinaban sus cabelleras verdes hasta rozar el césped . En el fondo se divisaban altos barrancos y en ellos tierra negra , tierra roja , pedruscos brillantes como vidrios . Bajo los sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas filosóficas — ¡ oh , gran maestro Hugo ! — unos asnos ; y cerca de ellos un buey gordo , con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde ruedan miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos , mascaba despacioso y con cierta pereza la pastura . Sobre todo flotaba un vaho cálido , y el grato olor campestre de las yerbas chafadas . Veíase en lo profundo un trozo de azul . Un huaso robusto , uno de esos fuertes campesinos , toscos hércules que detienen un toro , apareció de pronto en lo más alto de los barrancos . Tenía tras de sí el vasto cielo . Las piernas , todas músculos , las llevaba desnudas . En uno de sus brazos traía una cuerda gruesa y arrollada . Sobre su cabeza , como un gorro de nutria , sus cabellos enmarañados , tupidos , salvajes . Llegóse al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos . Cerca de él , un perro con la lengua fuera acezando , movía el rabo y daba brincos . IV AGUA FUERTE De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado . En un recinto estrecho , entre paredes llenas de hollín , negras , muy negras , trabajaban unos hombres en la forja . Uno movía el fuelle que resoplaba , haciendo crepitar el carbón , lanzando torbellinos de chispas y llamas como lenguas pálidas , áureas , azulejas , resplandecientes . Al brillo del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro , se miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo . Tres yunques ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el metal candente , haciendo saltar una lluvia enrojecida . Los forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos , y largos delantales de cuero . Alcanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo ; y salían de las mangas holgadas los brazos gigantescos , donde , como en los de Amico , parecían los músculos redondos piedras de las que deslavan y pulen los torrentes . En aquella negrura de caverna , al resplandor de las llamaradas , tenían tallas de cíclopes . A un lado , una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de sol . A la entrada de la forja , como en un marco obscuro , una muchacha blanca comía uvas . Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón , sus hombros delicados y tersos que estaban desnudos , hacían resaltar su bello color de lis , con un casi imperceptible tono dorado . V LA VIRGEN DE LA PALOMA Anduvo , anduvo . Volvía ya a su morada . Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa infantil , armónica , y él , poeta incorregible , buscó los labios de donde brotaba aquella risa . Bajo un cortinaje de madreselvas , entre plantas olorosas y maceteros floridos , estaba una mujer pálida , augusta , madre , con un niño tierno y risueño . Sosteníale en uno de sus brazos , el otro lo tenía en alto , y en la mano una paloma , una de esas palomas albísimas que arrullan a sus pichones de alas tornasoladas , inflando el buche como un seno de virgen , y abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia .
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