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Yo desperté , la tomé en mis brazos , la dí mis besos más ardientes ; mas la sangre corría inundando el recinto , y la gran masa diamantina se teñía de grana . Me pareció que sentía , al darla un beso , un perfume salido de aquella boca encendida : el alma ; el cuerpo quedó inerte . Cuando el gran patriarca nuestro , el centenario semidiós de las entrañas terrestres , pasó por allí , encontró aquella muchedumbre de diamantes rojos . * * * Pausa . — ¿ Habéis comprendido ? Los gnomos , muy graves , se levantaron . Examinaron más de cerca la piedra falsa , hechura del sabio . — ¡ Mirad , no tiene facetas ! — Brilla pálidamente . — ¡ Impostura ! — ¡ Es redonda como la coraza de un escarabajo ! Y en ronda , uno por aquí , otro por allá , fueron a arrancar de los muros pedazos de arabesco , rubíes grandes como una naranja , rojos y chispeantes como un diamante hecho sangre ; y decían : — He aquí lo nuestro , ¡ oh , madre tierra ! Aquello era una orgía de brillo y de color . Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían . De pronto , con toda la dignidad de un gnomo : — ¡ Y bien ! el desprecio . Se comprendieron todos . Tomaron el rubí falso , lo despedazaron y arrojaron los fragmentos — con desdén terrible — a un hoyo que abajo daba a antiquísima selva carbonizada . Después , sobre sus rubíes , sobre sus ópalos , entre aquellas paredes resplandecientes empezaron a bailar asidos de las manos una farándula loco y sonora . Y celebraron con risas , el verse grandes en la sombra . * * * Ya Puck volaba afuera , en el abejeo del alba recién nacida , camino de una pradera en flor . Y murmuraba — siempre con su sonrisa sonrosada : — Tierra . . . Mujer . . . Porque tú ¡ oh , madre Tierra ! eres grande , fecunda , de seno inextinguible y sacro ; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos robustos , y el oro y el agua diamantina , y la casta flor de lis . ¡ Lo puro , lo fuerte , lo infalsificable ! ¡ Y tú , mujer , eres espíritu y carne , toda amor ! Berta empezó a entristecerse en tanto que sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas . EL PALACIO DEL SOL A vosotras , madres de las muchachas anémicas , va esta historia , la historia de Berta , la niña de los ojos color de aceituna , fresca como una rama de durazno en flor , luminosa como un alba , gentil como la princesa de un cuento azul . Ya veréis , sanas y respetables señoras , que hay algo mejor que el arsénico y el hierro para encender la púrpura de las lindas mejillas virginales ; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras , sobre todo , cuando llega el tiempo de la primavera y hay ardor en las venas y en las savias , y mil átomos de sol abejean en los jardines , como un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas . Cumplidos sus quince años , Berta empezó a entristecerse en tanto que sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas . — Berta , te he comprado dos muñecas . . . — No las quiero , mamá . . . — He hecho traer los Nocturnos . . . — Me duelen los dedos , mamá . . . — Entonces . . . — Estoy triste , mamá . . . — Pues que se llame al doctor .
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