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— Andá — ordenó la niña Griselda — , búscale a don Rafo unos « topochos » maúros pa los cabayos . Pero primero decíle al Miguel que se deje de estar echao en el chinchorro , porque no se le quitan las fiebres : que le saque el agua a la « curiara » y le ponga cuidao al anzuelo , a vé si los « caribes » se tragaron ya la caráa . Puée que haya « afilao » algún « bagrecito » . Y danos vos algo de comé , que estos blancos yegan de lejos . Venga pa acá , niña Alicia , y aflójese la ropa . En este cuarto nos quearemos las dos . Y parándose ante mí — agregó con picaresco descaro — : ¡ Me la yevo ! ¿ Ustées ya separaron cama ? Verdadera lástima sentí por don Rafael ante el fracaso de su negocio . Tenía razón la niña Griselda : todos se habían provisto ya de mercancías . Sin embargo , dos días después de nuestra llegada , vinieron del hato unos hombres enjutos y pálidos cuyas monturas húmedas disimulaban su mal aspecto con el bayetón que los jinetes dejaban colgando sobre las rodillas . Del otro lado del monte pidieron a gritos la curiara y , creyendo no ser oídos , hicieron disparos de winchester . Vista la tardanza , sin desmontarse , lanzaron sus cabalgaduras al caño y lo cruzaron trayendo las ropas amarradas en la cabeza . Llegaron . Vestían calzones de lienzo , camisa suelta llamada « lique » y anchos sombreros de felpa castaña . Sus pies , desnudos , oprimían con el dedo gordo el aro de los estribos . — Buen día . . . — prorrumpieron con voz melancólica entre los ladridos de los perros . — Ojalá que nos hubieran matao por ta de chistosos , exclamó la niña Griselda . — Era pa la curiara . . . — ¡ Qué curiara ! ¡ Éste no es paso rial ! — Venimos a ve la mercancía . . . — Sigan , pero dejen sus « rangos » afuera . Los hombres se apearon , y con los ronzales de cerda torcida que servían de rendaje , amarraron los trotones bajo el samán de la entrada y avanzaron con los bayetones al hombro . Alrededor del cuero en que don Rafo había extendido la « chuchería » se acuclillaron indolentes . — Miren los diagonales extras ; aquí están unos cuchillos garantizados ; fíjense en esa faja de cuero , con funda para el revólver , todo de primera clase . — ¿ Trajo quinina ? — Muy buena , y píldoras para las calenturas . — ¿ A cómo el hilo ? — Diez centavos la madeja . — ¿ No la da en cinco ? — Llévela en nueve . Todo lo fueron tocando , examinando , comparando , casi sin hablar . Para saber si una tela desteñía , se empapaban en saliva los dedos y la refregaban . Don Rafael , con la vara de medir , les señalaba todo , agotando los encomios para cada cosa . Nada les gustó . — ¿ Me deja en veinte riales esa navaja ? — Llévela . — ¿ Le doy por los botones lo que le dije ? — Tómelos . — Pero me encima la aguja pa prenderlos . — Cójala . Así compraron bagatelas por dos o tres pesos . El hombre de la carabina , desanudando la punta del pañuelo , alargó una morrocota : — Páguese de tóo , es de veinte dólares . Y la hizo retiñir contra el acero del arma . — ¡ A vé los trueques ! — ¿ Por qué no compran el restico ? — A esos precios no se alcanza ni con la carabina . Vaya usté al hato pa que vea cosas regaláas . — ¡ Adió , pué ! Y montaron .
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