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Cuando me enderecé , cubierto de sangre , sentí que el Cayeno andaba en los depósitos . A la sazón , la antigua peonada invadió el patio , donde había una patrulla de indios prisioneros , con los puños engusanados bajo las sogas . Por entre ellos zanganeaba el Petardo Lesmes , apresurando a los capataces , que examinaban el rebaño recién cogido para distribuirlo entre sus cuadrillas . Sorda algarabía llenaba el ámbito , cuando vi sacar del montón de hombres , con las manos atadas , al Pipa , al Pipa que venía a identificarme de acuerdo con instrucciones del Petardo . Acercose a mí , y afirmando sobre mi pecho su pie inmundo , gritó : — ¡ Éste es el espía de San Fernando ! — ¡ Y vos , animal — replicóle el cauchero corpulentísimo que lo seguía — sos el Chispita de la Chorrera , el que tantas veces me echaba rejo ! ¡ Préstame las uñas pa examinártelas ! Y tirándolo con la coyunda lo llevaba de rastra , entre las rechiflas de los gomeros , hasta que , furibundo , le cercenó los brazos con el machete , de un solo mandoble , y boleó en el aire , cual racimo lívido y sanguinoso , el par de manos amoratadas . El Pipa , atolondrado , levantóse del polvo como buscándolas , y agitaba a la altura de la cabeza a los muñones , que llovían sangre sobre el rastrojo , como surtidorcillos de algún jardín bárbaro . Apenas el Cayeno reapareció , quedaron en silencio los barracones del Guaracú . — ¡ Colombiano ! ¡ A decirme dónde está el bongo ! ¡ A devolverme el caucho escondido ! ¡ A entregarme tus compañeros ! Y cuando me metieron en la canoa y cruzábamos el río hacia el batelón , vi por última vez a Ramiro Estévanez y la madona Zoraida Ayram , sobre la barranca del puertecito , llorosos , trémulos , espantados . La niña Griselda , al verme contuso , adivinó lo que había pasado y salió a recibirnos en la borda . El Cayeno , apagando la pipa contra la suela del zapato , pareció vacilar ante repentina sospecha , porque ordenó a los bogas de la curiara que costearan el bongo . Los perros , iracundos , defendían el puente a grandes ladridos . — Mujer — prorrumpí — , encadena tus animales , que el señor viene a requisar esa embarcación . — Explícale al amo que aquí no tenemos má que la mercancía . Toa la goma queó tapáa en los rebalses . ¡ Si el amo quiere , vamos ayá ! El Cayeno , de un salto , se instaló en proa y mandó que desatracaran , apenas logré subir yo . — ¿ Cuánta gente tienen aquí ? ¿ Dónde están los otros bribones ? — Mi amo , yo toy solita con los tres indios : dos pa los canaletes y el del timón . El tirano gritó a los marineros de la canoa : — ¡ Upa ! ¡ Vuélvanse a las barracas a traer cargueros ! Mientras tanto , el bongo seguía agua abajo y la niña Griselda vino a colocarse ante el Cayeno , barbullando contritas explicaciones , para impedirle reparar en los fardos de mercancía . Allí estaban ocultos mis compañeros , mal tapados con un costal , bajo cuyos extremos les salían los pies . Por mi cara corría un sudor de muerte . El Cayeno los vio , y , montando el revólver , bajó hacia ellos . — ¡ Señor ! — balbucí — . ¡ Son dos muchachos que están con fiebres !
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