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— ¿ Usté piensa matá al hombre ? — ¡ No , no ! Sólo quiero saber a qué viene . — ¿ Y si es a toparse con su mujercita ? — Tampoco . — Pero eso le quedaría feo a usté . — ¿ Crees que debo matarlo ? — Ésas son cosas suyas . Lo que ha de tené es cuidao con yo . Aguáitelo en la talanquera porque me voy a poné a cantá . Le obedecí . A poco , me dijo : — No se emborrache . Póngale pulso a la puntería . Por encima de la platanera tendió más tarde la luna un reflejo indeciso , que fue dilatándose hasta envolver la inmensidad . El tiple elevó su rasgueo melancólico en el preludio de la tonada : Pobrecita palomita , que el gavilán la cogió ; aquí va la sangrecita por donde se la llevó . Con el alma en los ojos , tendía yo la escopeta hacia el caño , hacia los corrales , hacia todas partes . El pavo , desde la cumbrera de la cocina , hirió la noche con destemplados gritos . Afuera , en alguna senda del pajonal , aullaron los perros . Aquí va la sangrecita por donde se la llevó . Las mujeres encendieron luz en el cuarto . La vieja Tiana , como una ánima en pena , asomó al umbral : — ¡ Hola , Miguel ! ; dice la niña Griselda que dejés dormí . El cantador enmudeció y fue luego a buscarme . — Se me olvidó decile que yo estaba obligao a yevarle la curiara . Me voy . Cuando volvamos , tírele al de adelante . ¡ Si le pega , yo se lo echaré a los caimanes y acabáas son cuentas ! Lo vi alejarse en la embarcación , sobre el agua enlutada donde los árboles tendían sus sombras inmóviles . Entró luego en la zona oscura del charco , y sólo percibí el cabrilleo del canalete , rútilo como cimitarra anchurosa . Esperé hasta la madrugada . Nadie volvió . ¡ Dios sabe lo que hubiera pasado ! Al rayar el día , ensillé el caballo de Miguel y puse la escopeta en el zarzo . La niña Griselda , que andaba con un cubo rociando las matas , me observaba inquieta . — ¿ Qué tas haciendo ? — Aguardo a Barrera , que amaneció por aquí . — ¡ Exagerao ! ¡ Exagerao ! — Oiga , niña Griselda : ¿ cuánto le debemos ? — ¡ Cristiano ! ¿ Qué me decís ? — Lo que oye . La casa de usted no es para gentes honradas . Ni a usted le conviene echarse en el pajonal teniendo su barbacoa . — ¡ Ponele freno a tu lengua ! Tas bebío . — Pero no con el licor que le trajo Barrera . — ¿ Acaso fue pa mí ? — ¿ Quiere decir usted que fue para Alicia ? — Vos no la podés obligá ni a que te quiera ni a que te siga , porque el cariño es como el viento : sopla pa cualquier lao . Al oír esto , con alterna premura , chupé la botella y bajé el arma . La niña Griselda salió corriendo . Empujé la puerta . Alicia , a medio vestir , estaba sentada en el catre . — ¿ Comprendes lo que está pasando por ti ? ¡ Vístete ! ¡ Vámonos ! ¡ Aprisa ! ¡ Aprisa ! — ¡ Arturo , por Dios ! . . . — ¡ Me voy a matar a Barrera en presencia tuya ! — ¡ Cómo vas a cometer ese crimen ! . . . — ¡ No llores ! ¿ Te dueles ya del muerto ? — ¡ Dios mío ! . . . ¡ Socorro !
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