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— Clarita , danos « las muelas de santa Polonia » . Clarita puso los dados sobre la mesa . Indudablemente , mi nueva amiga me favoreció aquella noche en ese juego plebeyo , desconocido para mí . Tiraba yo los dados con nerviosidad y a veces caían debajo del chinchorro . Entonces el viejo , entre carcajadas y toses , preguntaba : ¿ Me ganó ? ¿ Me ganó ? Y ella , entre una humareda de tabaco , ladeando la farola , respondía : Echó « cenas » . Es un chico de suerte . Barrera , simulando confianza en las palabras de la mujer , confirmaba tales decisiones pero vivía celoso de que no escaseara el licor . Clarita , ebria , me apretaba la mano al descuido ; el viejo , ebrio , tatareaba una canción obscena ; mi rival , por encima de la luz temblorosa , me sonreía irónico ; yo , semiinconsciente , repetía las « paradas » . En la puerta del acalorado cuartucho , los peones seguían el juego con interés . Cuando quedé dueño de casi todo el montón de frisoles que representaba un valor convenido , Barrera me propuso jugarlo en « paro » , « vaciando » las morrocotas del chaleco . « Tire por mitad , cien toros » , exclamó el vejete , dando fuertes golpes en la mesa . Entonces noté que los zapatos de mi adversario pisaban los de Clarita y tuve el presentimiento de que llegaba el fraude . Con frase feliz decidí a la mujer : — Juguemos esto en compañía . Ella extendió al instante sobre el montoncillo de granos las manos avaras . El rubí de su anillo se encendió en sangre . Zubieta maldijo su suerte cuando lo venció mi jugada . — Ahora con usted — le dije a Barrera , sonando los dados . Recogiólos sin inmutarse , y , mientras los agitaba , cambiándolos , pretendió distraernos con un chiste de baja ley . Pero al lanzarlos sobre la mesa , los atrapé de un golpe : — ¡ Canalla , estos dados son falsos ! Trabóse de súbito una reyerta y la lámpara rodó por el suelo . Gritos , amenazas , imprecaciones . El viejo cayó del chinchorro , pidiendo auxilio . Yo , a oscuras , esgrimía los puños a diestro y siniestro hacia cualquier sitio donde oyera una voz de hombre . Alguien hizo un disparo , ladraron los perros , rechinaba la puerta con el afán del ahuyentado tumulto , y la ajusté de un empellón , sin saber quién quedaba adentro . Barrera exclamó en el patio : — ¡ Ese bandido vino a matarme y a robar al señor Zubieta ! ¡ Anoche me estuvo « puesteando » ! ¡ Gracias a Miguel , que se opuso al crimen y me denunció la asechanza ! ¡ Prendan a ese miserable ! ¡ Asesino ! ¡ Asesino ! Yo , desde adentro , le lanzaba atrevidos insultos , y Clarita , conteniéndome , suplicaba : — ¡ No salgas , no salgas , porque te acribillan ! El viejo gimoteaba espantado : — ¡ Alumbren , que escupo sangre ! Cuando me ayudaron a echar el cerrojo , sentí humedecida una de mis muñecas . Tenía una puñalada en el brazo izquierdo . Con nosotros quedó encerrada una persona que me puso en las manos un winchester . Al sentir que me buscaba , intenté cogerla , por lo cual , susurrando , me repetía : — ¡ Cuidado con yo ! ¡ Soy el tuerto Mauco , amigo de tóo el mundo !
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