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Afuera empujaban la puerta , y yo , sin permanecer en un solo punto , perforaba las tablas a tiros , iluminando la estancia con el relampagueo de los fogonazos . Al fin terminó la agresión . Quedamos sumidos en el más pavoroso silencio y mi oído acechante dominaba la oscuridad . Por los huecos que abrieron mis balas , observé con sigilosa pupila . Hacía luna y el patio estaba desierto . Mas por instantes recogía el rumor de voces y risotadas que venían quien sabe de dónde . El dolor de la herida empezó a rendirme y el vértigo del alcohol me echó a tierra . Allí me desangré hasta que Dios quiso , entre el pánico de mis compañeros , que en algún rincón se decían : Parece que está agonizando . — ¡ Agua , agua ! ¡ Estoy herido ! ¡ Me muero de sed ! Al amanecer , abrieron el cuarto y me dejaron solo . Desperté con desmayada dolencia a los gritos que daba el dueño del hato , reprendiendo a la peonada por indolente , pues no quiso salvarlo de la batahola . — ¡ Gracias al guate — repetía — , gracias al guate estoy contando el cuento ! Él tenía razón , los dados eran falsos y con eyos me había estafao mi plata ese tramposo del Barrera . ¡ Aquí topé uno bajo la mesa ! Convénzanse . Tiene azogue por dentro . — No podíamos arrimá por los tiros . — ¿ Y quién hirió a Cova ? — ¿ Quién sabrá ? — Vayan a decirle al Barrera que no lo quero aquí ; que pa eso tiene sus toldos , que se quede ayá . ¡ Que si no sabe pa qué son los caminos ; que el guate tá aquí con la carabina ! Clarita y el tuerto Mauco vinieron en mi socorro trayendo un caldero de agua caliente . Descosieron la manga de la camisa para quitármela sin lastimar el brazo tumido , y luego , humedeciendo los bordes de la tela pegada , descubrieron la herida , pequeña pero profunda , abierta sobre el músculo cercano al hombro . La lavaron con aguardiente , y , antes de extenderle la cataplasma tibia , el tuerto , con unción ritual , exclamó : — Pongan fe , porque la voy a rezá . Admirado yo , observaba al hombruco , de color terroso , mejillas fofas y amoratados labios . Puso en el suelo , con solicitud minuciosa , el bordón en que se apoyaba , y encima el sombrero grasiento , de roídas alas , que tenía como cinta un mazo de cabuyas a medio torcer . Por entre los harapos se le veían las carnes hidrópicas , principalmente el abdomen , escurrido en rollo sobre el empeine . Volvió parpadeando hacia la puerta el ojillo tuerto , para regañar a los muchachos que se asomaban . — ¡ Esto no es cosa de juego ! ¡ Si no han de poné fe , lárguense , porque se pierde la virtú ! Los gandules permanecieron fervorosos , como en un templo , y el viejo Mauco , después de hacer en el aire algunos signos de magia , masculló una retahíla que se llamaba « La oración del justo juez » . Satisfecho de su ministerio , recogió el sombrero y el palo , y dijo , inclinándose sobre el cuero de toro donde me hallaba tendido : — No se deje « acochiná » del doló . Yo lo curo presto : con otra rezáa tiene . Miré con asombro a Clarita como para indagar la certidumbre de cuanto estaba pasando . Era convencida creyente que manifestaba respeto fanático . Para ahuyentar mis dudas , expuso : — ¡ Guá , chico ! , Mauco sabe de medicina . Es el que mata las gusaneras , rezándolas . Cura personas y animales .
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