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En los portillos de la corraleja quedaron aplastadas diez reses , y más lejos , cuatro caballos . Clarita vino con estos pormenores a encarecerme la reserva de nuestra complicidad . Cuando coloqué en su antiguo sitio la piel de tigre , todavía retumbaba el desierto . Al siguiente día me levanté después de los comentarios al suceso nocturno y de las bravatas del viejo , que disimulaba con blasfemias su regocijo interior : — ¡ Maldita sea ! Yo no tengo la culpa de que el ganao barajustara . Díganle al Barrera que vaya a cogerlo , si tiene bagajes pa remontá la gente . ¡ Pero que me pague primero los cabayos que se malograron ! ¡ Maldita sea ! — El señó Barrera quié vení pa acá a discutí con usté lo de anoche . — Aquí no puée acercarse , porque el guate anda armao y no quero más disgustos en mis propiedades . — Se me pone — observaba uno — que jue la ánima del difunto Julián Hurtao la que se presentó en el corral , y por eso barajustó la toráa . Alguno de los veladores vio una figura blanca sobre la cerca del lao onde dicen que dejó el entierro . — Puée ser verdá . — Sí , porque la otra noche se nos apareció , con una linternita en la mano , por la oriya de la sabana , caminando sin pisar el suelo . — ¿ Y por qué no le preguntaron , de parte de Dios , qué quería ? — Porque apagó la lucecita y casi quedamos privaos . — Bandíos — rugió Zubieta — : Ustedes jueron entonces los que tuvieron cavando entre las raíces del algarrobo . ¡ Ojalá los tope yo en esas vagabunderías pa echales bala ! Cuando salí al patio , había mucha gente reunida , pero Barrera no estaba allí . Dándolas de inocente , me asomé al corral , donde varios hombres descuartizaban los toros destripados . — No valió — decía uno — que yo me le pusiera adelante al ganao , corriendo en estampía y cantándole en la oscuridá pa vé si lo apaciguaba . Fuí hasta muy lejos , y , gracias a mi potro , no morí atropeyao . Momentos después , al regresar a la casa , vi que Clarita les vendía ron , en un coquillo labrado , a los de la junta . Había hombres desconocidos y debajo de los bayetones les cantaban los gallos . Quiénes discurrían cazando apuestas « a la tapada » , o les afilaban las espuelas a los campeones , o con buches de aguardiente les rociaban el costado , alzándoles el ala . Patiamarrados con cordeles , escarbando el suelo , desafiábanse los rivales de plumajes vistosos y cuellos congestionados . Por fin Zubieta tomó un carbón y trazó en el piso del caney un círculo irregular . Colocóse en su asiento , recostándolo a una columna , frecuentó la botella y con áspera risotada propuso : — ¡ Voy cien toretes al « requemao » contra el « canaguay » ! Clarita , detrás del grupo , movió la cabeza para indicarme que no apostara . Pero yo , con insolente arrogancia , avancé diciendo : — ¡ Escojo el pollo y voy las doscientas cincuenta reses que le gané a los dados ! El viejo « se corrió » . Entonces le dijo un sujeto , apretando el puño : — Eche diez toros contra las libras que hay aquí , o contra el resto que guardo en mi faja .
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