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Zubieta tampoco aceptó . Pero el hombre replicaba porfiado : — ¡ Mire , patrón , son « aguilitas » y « reinitas » pa su entierrito de la « topochera » ! — ¡ Mentís ! Pero si el oro es legítimo , te lo cambio por monea papel . — No « le jalo » . — Préstame una libra pa reconocerla . Observóla el viejo por todas partes , con hambrientos ojos , palpó el grabado , hízole sonar y luego la llevó a los dientes . Satisfecho , gritó : — ¡ Pago ! ¡ Ta ida la pelea contra el canaguay ! — Pero con la condición de que el tuerto Mauco se largue , porque puée rezarme el poyo . — ¡ Yo qué rezo ni qué náa ! No obstante , lo hicieron salir del grupo refunfuñando , y lo encerraron en la cocina . Los careadores levantaron los pollos , y chupándoles los espolones , se los frotaron luego con limón , a contentamiento del público . Presto , a la voz del juez de pelea , los enfrentaron dentro del círculo . El gallero gritaba , agachado sobre el palenque : — ¡ Hurra , poyito ! ¡ Al ojo , que es rojo ; a la pierna que es tierna ; al ala , que es rala ; al pico , que es rico ; al pescuezo , que es tieso ; al codo , que es gordo ; a la muerte , que es mi suerte ! Miráronse los contendores con ira , picoteando la arena , esponjando sobre el dorso rasurado y sanguíneo la gorguera de plumas tornasoladas y temblorosas . Con simultáneo revuelo , en azul resplandor , lancearon al vacío , por encima de sus cabezas , esquivas a la punzada y al aletazo . Rabiosos , entre el vocerío de los espectadores que ofrecían « gabelas » , se acometieron una y otra vez , se cosían a puñaladas , se prendían jadeantes y donde agarraba el pico , entraba la espuela , con tesón homicida , entre el centelleo de los plumajes , entre el salpique de la sangre ardorosa , entre el ruido de las monedas en el estadio , entre la ovación palmoteada que hizo la gente cuando vio rodar al canaguay con el cráneo abierto , sacudiéndose bajo la pata del vencedor , que erguido sobre el moribundo , saludó a la victoria con un clarineo triunfal . En ese momento palidecí : Franco pasó el tranquero , seguido de varios jinetes . Zubieta no se impresionó menos al ver a los recién llegados . Arrastrando el paso les salió al encuentro : — ¿ Y ustées , zamarras , pa ónde bueno caminan ? — Para aquí no más — dijo Franco , apeándose . Y me abrazó con efusión . — De mi rancho , ¿ qué noticias me tienes ? ¿ Qué te pasó en el brazo ? — ¡ Nada ! ¿ Acaso no vienes de La Maporita ? — Salimos directamente de Tame ; pero desde ayer le ordené al mulato Correa que extraviara hacia mi casa y se viniera contigo trayendo los cabayos . Este abrazo te lo manda don Rafael . Siguió su viaje sin complicaciones , gracias a Dios . ¿ Dónde podemos desensiyar ? — Aquí , en el caney — rezongó Zubieta . Y les gritó a los jugadores — : ¡ Váyanse lejos con su vagabundería , porque « menesteo » la ramáa ! Ellos , recogiendo sus gallos , salieron en dirección a los toldos , con jaleo de tiples y « maracas » . Y los vaqueros desensillaron . — ¿ Verdá que anoche hubo barajuste ? — ¿ Por qué lo dices ? — Desde esta mañana vimos partidas de ganado que corrían solas . Y pensamos : ¡ o barajuste , o los indios ! Pero ahora que pasamos por los corrales . . .
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