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Por mi parte , pondría también en juego mi habilidad para retardarle el instante del beso gemebundo y conciliador . Desde la orilla del caño le alargaría la mano ceremoniosa para que saliera de la curiara , cuidando de que advirtiera el cabestrillo de mi brazo enfermo , y negándome después a la urgencia de sus preguntas : — ¿ Estás herido ? ¿ Estás herido ? — No es nada grave , señora . ¡ Me apena tu palidez ! Lo mismo haría al acercármele a su caballo , si venían por tierra . Pensé exhibírmele cual no me vio entonces : con cierto descuido en el traje , los cabellos revueltos , el rostro ensombrecido de barba , aparentando el porte de un macho almizcloso y trabajador . Aunque Mauco solía desollarme la cara con su navaja de tajar correas , tomé la resolución de no ocuparlo aquel día para distinguirme de mi rival . ¡ Decidí luego irme del hato , sin esperar a las mujeres , y aparecer más tarde confundido con los vaqueros , trayendo a la cola del potrejón algún toro iracundo , que me persiguiera bufando y me echara a tierra la cabalgadura , para que Alicia , desfallecida de pánico , me viera rendirlo con el bayetón y mancornarlo de un solo coleo , entre el anhelar de la peonada atónita ! El mulato volvió de los toldos con arma y montura . — El señó Barrera quedó apenaísimo . Que no sabía que estas cosas taban ayá . Les entendí que mandarían gente a cogé los bichos dispersaos . — Te prohíbo esa compañía . Si no quieres ir solo , iré contigo . — ¿ Onde le dijeron que anochecían ? — En Matanegra . — Pero don Fidel me indicó la vega del Pauto . Me voy porque me coge la noche y se me riega la brigáa . — Guarda esa ropa en aquel cuarto y tráeme la carabina . Vamos a cualquier parte . Yo te acompañaré . Fui a la cocina a despedirme de Zubieta . Llamélo varias veces . Nadie respondió . Cuando íbamos tan distantes del hato que sólo se advertían los airones de sus palmeras , el mulato se desmontó a cargar la escopeta . — Siempre es bueno andá prevenío . Pólvora poca y munición hasta la boca . — ¿ A qué obedece tu precaución ? — Puée alcanzarnos la gente del hombre . Por eso repetí que íbamos a la vega del Pauto , pa que lo oyeran los « mucharejos » que componían las puertas del corral . Ora cogemos ponde dijo usté . Habríamos caminado tres leguas más , cuando volvió a apartarme del pensamiento de Alicia . — Yo quiero consultarle mi caso , y perdone . La Clarita « me ha puesto el ojo » . — ¿ Estás enamorado de ella ? — Ésa es la consulta . Hace quince días me echó este floreo : « ¡ Qué negrito tan bien jormao ! ¡ Ansina me provoca uno ! » . — ¿ Y qué respondiste ? — Me dio vergüenza . . . — ¿ Y después ? — Eso también va con la consulta : me propuso que colgáramos al viejo Zubieta y nos juyéramos pa lejos . — ¿ Y por qué ? ¿ Cómo ? ¿ Para que ? — Pa que diga ónde timé el oro enterrao . — ¡ Imposible ! ¡ Imposible ! Ésa es una sugestión de Barrera . — Cabalmente , porque él me dijo después : « Si este mulatito se vistiera bien , cómo quedara de plantao y qué mujeres las que topara . Yo sé de una personita que lo quere mucho » .
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