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Más tarde , cuando la comitiva empezó a fumar y la charla se hizo ruidosa , propuso Franco : — Pues que será preciso suspender la cogienda , mientras se normaliza la situación , conviene regresar en busca de las cabayerías . Los vaqueros mejor montados , vengan acá ; los otros yeven la madrina tras el muerto . Por ayá les caeremos al anochecer . Sólo siete peones obedecieron . Antes de abandonar a los remisos , le rogué a un muchacho adelantarse con noticias nuestras , para prevenir el ánimo de Alicia cuando divisara el cortejo , que en aquel minuto entraba en el morichal de la lejanía , como entre las columnatas de una basílica descubierta . Los bueyes del madrineo alargaban la procesión . Aunque el mulato me señalaba las sabanetas donde anochecíamos la víspera , fuéme imposible reconocerlas , por su semejanza con las demás ; pero advertía el rastro del ventarrón en el desgreño de los ramajes , en los fulminados troncos de algunas palmeras , en el desgonce de los pastos vencidos . En tanto , el recuerdo del mutilado me acompañaba ; y con angustia jamás padecida quise huir del llano bravío , donde se respira un calor guerrero y la muerte cabalga a la grupa de los cuartagos . Aquel ambiente de pesadilla me enflaquecía el corazón , y era preciso volver a las tierras civilizadas , al remanso de la molicie , al ensueño y a la quietud . Destemplado por la zozobra , me atrasé de mis camaradas cuando nos alcanzaron los perros . De repente , la aulladora jauría , con la nariz en alto , circundó el perímetro de una laguna disimulada por elevados juncos . Mientras los jinetes corrían haciendo fuego , vi que una tropa de indios se dispersaba entre la maleza , fugándose en cuatro pies , con tan acelerada « vaquía » , que apenas se adivinaba su derrotero por el temblor de los pajonales . Sin gritos ni lamentos las mujeres se dejaban asesinar , y el varón que pretendiera vibrar el arco , caía bajo las balas , apedazado por los colosos . Mas con repentina resolución surgieron indígenas de todas partes y cerraron con los potros para desjarretarlos a macana y vencer cuerpo a cuerpo a los jinetes . Diezmados en las primeras arremetidas , desbandáronse a la carrera en larga competencia con los caballos , hasta refugiarse en intrincados montes . — ¡ Aquí Dólar , aquí Martel ! — gritaba yo de estampía , defendiendo a un indio veloz que desconcertaba con sus corvetas a dos perros feroces . Siguiéndolo siempre , paralelo a las curvas que describía , lo vi desandar la misma huella , gateando mañosamente , sin abandonar su sarta de pescados . Al toparme , se enmatorró , y yo , receloso de sus arrestos , paré las riendas . Mas , de rodillas , abrió los brazos : — ¡ Señor Intendente , señor Intendente ! ¡ Yo soy el Pipa ! ¡ Piedad de mí ! Y sin esperar que le respondiera , miedoso de la perrada , saltó a la grupa de mi alazán , abrazándome compungido : — ¡ Perdón , perdón ! ¡ Ahora le refiero lo del caballo ! Creyendo que el cuitado me maltrataba , acudieron los hombres en mi socorro y Correa lo tiró al suelo de un culatazo ; pero más se tardó en caer que en encaramarse de nuevo , exclamando : — ¡ Nosotros somos amigos ! ¡ Yo soy el paje de la señora !
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