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Olvidada sea la época miserable en que vagamos por el desierto en cuadrilla prófuga , como salteadores . Sindicados de un crimen ajeno , desafiamos a la injusticia y erguimos la enseña de la rebelión . ¿ Quién osó desafiar el rencor bárbaro en mi pecho ? ¿ Quién habría podido amansarnos ? Las sendas múltiples de la pampa quedaron chafadas en aquellos días al galope de nuestros potros , y no hubo noche en que no prendiéramos en distinto paraje la fugitiva llamarada del vivac . Después , bajo moriches inextricables , improvisamos un refugio . Allí amontonábanse los enseres que Mauco y Tiana salvaron de la ignición , y que pusieron en nuestras manos antes de irse a Orocué , en misión de espionaje . Mas no sabíamos qué suerte hubieran corrido . Fidel y el mulato , el Pipa y yo , nos turnábamos cada día en atalayar sobre una palmera la presencia de alguna gente en el horizonte o el triángulo de humo , convenido como señal . ¡ Nadie nos buscaba ni perseguía ! ¡ Nos habían olvidado todos ! Yo no era más que un residuo humano de fiebres y pesares . De noche , el hambre nos desvelaba como un vampiro , y porque ya venían las lluvias , concertamos la dispersión para asilarnos luego en Venezuela . Pensé entonces que don Rafo vendría de regreso a La Maporita , y que con él podríamos volver a Bogotá . Muchos días lo esperábamos en las llanuras aledañas a Tame . Mas apenas declaró Franco que continuaría su vida nómade , no por recelo de la justicia ordinaria , sino por el peligro de que algún Consejo de Guerra lo castigara como a desertor , desistí de la idea del viaje para mancomunarnos en el destierro y afrontar vicisitudes iguales , ya que una misma desventura nos había unido y no teníamos otro futuro que el fracaso en cualquier país . Y nos decidimos por el Vichada . El Pipa nos condujo a los platanares silvestres de Macuana , sobre la margen del túrbido Meta , después de la desembocadura del Guanapalo . Moraba en esos montes una tribu guahiba , semidomada , que convino en acogernos a condición de que acogiéramos el « guayuco » , respetáramos a las « pollonas » y les ordenáramos a los winchester « no echar truenos » . Aparecióse una tarde el Pipa con cinco indígenas , que se resistían a acercarse mientras no amarráramos los dogos . Acurrucados en la maleza , erguíanse para observarnos , listos a fugarse al menor desliz , por lo cual el ladino intérprete fue conduciéndoles de la mano hasta nuestro grupo , donde recibían el advertido abrazo de paz con esta frase protocolaria : « Cuñao , yo queriéndote mucho , perro no haciendo nada , corazón contento » . Todos eran fornidos y jóvenes , de achocolatado cutis y hercúleas espaldas , cuya membratura se estremecía temerosa de los fusiles . Arcos y aljabas habíanlos dejado entre la canoa , que iba a mecernos sobre las aguas desconocidas de un río salvaje , hacia refugios recónditos y temibles , adonde un fátum implacable nos expatriaba , sin otro delito que el de ser rebeldes , sin otra mengua que la de ser infortunados .
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