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— ¿ Será preciso vender las sillas y los aperos ? — ¿ Y quién los compra ? ¿ Y quién los vende sin que lo apañen ? Ya podemos irlos botando . De aquí en adelante no tendremos otro caballo que la canoa . — ¿ Y en qué lugar escondes el oro para tus planes ? — En el garcero de Las Hermosas . Cuatro libras de pluma fina , si mal nos va . Cada semana cambiaremos un manojito por mercancías . Cuando les provoque , yo soy baquiano , pero es muy lejos . — ¡ Eso no importa ! ¡ Mañana mismo ! ¡ Bendita sea la difícil landa que nos condujo a la región de los revuelos y la albura ! El inundado bosque del garcero , millonario de garzas reales , parecía algodonal de nutridos copos ; y en la turquesa del cielo ondeaba , perennemente , un desfile de remos cándidos , sobre los cimborrios de los moriches , donde bullía la empeluzada muchedumbre de polluelos . A nuestro paso se encumbraba en espiras la nívea flota , y , tras de girar con insólito vocerío , se desbandaba por unidades que descendían al estero , entrecerrando las alas lentas , como un velamen de seda albicante . Pensativo , junto a las linfas , demoraba el « garzón soldado » de rojo kepis , heroica altura y marcial talante , cuyo ancho pico es prolongado como una espada ; y a su alrededor revoloteaba el mundo babélico de zancudas y palmípedas , desde la « corocora » lacre , que humillaría el ibis egipcio , hasta la azul cerceta de dorado moño y el pato ilusionante de color de rosa , que en el rosicler del alba llanera tiñe sus plumas . Y por encima de ese alado tumulto volvía a girar la corona eucarística de garzas , se despetalaba sobre la ciénaga , y mi espíritu sentíase deslumbrado , como en los días de su candor , al evocar las hostias divinas , los coros angelicales , los cirios inmaculados . Parecíame imposible que pudiéramos arrimar al sitio de los nidos y las plumas . El transparente charco nos dejó ver un sumergido ejército de caimanes , en contorno de las palmeras , ocupado en recoger pichones y huevos , que caían cuando las garzas , entre algarabías y picotazos , desnivelaban con su peso las ramazones . Nadaba por doquiera la innúmera banda de caribes , de vientre rojizo y escamas plúmbeas , que se devoran unos a otros y descarnan en un segundo todo ser que cruce las ondas de su dominio , por lo cual hombres y cuadrúpedos se resisten a echarse a nado , y mucho más al sentirse heridos , que la sangre excita instantáneamente la voracidad del terrible pez . Veíase la traidora raya , de aletas gelatinosas y arpón venenoso , que descansa en el fango como un escudo ; la anguila eléctrica , que inmoviliza con sus descargas a quien la toca , la palometa de nácar y oro , semejante al disco lunar , que desciende al fondo y enturbia el agua para escaparse a las dentelladas de la tonina . Y todo el inmenso acuario se extendía hacia el horizonte , como un lago de peltre donde flotan las plumas ambicionadas .
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