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Bogando en balsitas inverosímiles , nos distribuimos aquí y allí para recoger el caro tesoro . Los indios invadían a trechos las espesuras , hurgando en las tinieblas con las palancas , por miedo de güíos y caimanes , hasta completar su manojo blanco , que a veces cuesta la vida de muchos hombres , antes de ser llevado a las lejanas ciudades a exaltar la belleza de mujeres desconocidas . Aquella tarde rendí mi ánimo a la tristeza y una emoción romántica me sorprendió con vagas caricias . ¿ Por qué viviría siempre solo en el arte y en el amor ? Y pensaba con dolorida inconformidad : ¡ si tuviera ahora a quien ofrecerle este armiñado ramillete de plumajes , que parecen espigas blancas ! ¡ Si alguien quisiera abanicarse con este alón de « codúa » marina , donde va prisionero el iris ! ¡ Si hubiera hallado con quién contemplar el garcero nítido , primavera de aves y colores ! Con humillada pena advertí luego que en el velo de mi ilusión se embozaba Alicia y procuré manchar con realismo crudo el pensamiento donde la intrusa resurgía . Afortunadamente , tras penoso viaje por cenagosas llanuras y hondos caños , dimos con el lugar donde habían quedado las canoas ; y a palanca , comenzamos a remontar los sinuosos ríos , hasta que entramos , a boca de noche , en el atracadero de la ramada . Desde lejos nos llevó la brisa el llanto de un niño y , cuando llegamos a la huta , salieron corriendo unas indias jóvenes , sin atender al Pipa , que en idioma terrígeno alcanzó a gritarles que éramos gente amiga . En soleras y horcones había chinchorros numerosísimos , y en el fogón , a medio rescoldo , gorgoreaba la olla de las infusiones . Lentamente , apenas la candela irguió su lumbre , se nos fueron presentando los indios nuevos , acompañados de sus mujeres , que les ponían la mano derecha en el hombro izquierdo , para advertirnos que eran casadas . Una que llegó sola , nos señalaba el chinchorro de su marido y se exprimía el lechoso seno , dando a entender que había dado a luz ese día . El Pipa , ante ella , comenzó a instruirnos en las costumbres que rigen la maternidad en dicha tribu : al presentir el alumbramiento , la parturienta toma el monte y vuelve , ya lavada , a buscar a su hombre para entregarle la criatura . El padre , al punto , se encama para guardar dieta , mientras la madre le prepara cocimientos contra las náuseas y los cefálicos . Como si entendiera estas explicaciones , hacía la moza signos de aprobación a cuanto el Pipa refería ; y el cónyuge follón , de cabeza vendada con hojas , se quejaba desde el chinchorro y pedía cocos de chicha para aliviar sus padecimientos . Las indias que habían huido eran las pollonas , y cada uno de nosotros podía coger la que le placiera , cuando el jefe , un cacique matusalénico , recompensara con esa suerte nuestra adhesión . Mas sería candidez pensar que con requiebros y sonrisas aceptarían nuestro agasajo . Era preciso atisbarlas como a gacelas y correr en los bosques hasta rendirlas , pues la superioridad del macho debe imponérseles por la fuerza , en cambio de sumisión y ternura . Yo me sentía incapaz de toda ilusión .
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