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Tendido de codos sobre el arenal , aurirrojizo por las luminarias , miraba yo la singular fiesta , complacido de que mis compañeros giraran ebrios en la danza . Así olvidarían sus pesadumbres y le sonreirían a la vida otra vez siquiera . Mas , a poco , advertí que gritaban como la tribu , y que su lamento acusaba la misma pena recóndita , cual si a todos les devorara el alma un solo dolor . Su queja tenía la desesperación de las razas vencidas , y era semejante a mi sollozo , ese sollozo de mis aflicciones que suele repercutir en mi corazón aunque lo disimulen los labios : ¡ Aaaaay . . . Ohé ! . . . Cuando me retiré a mi chinchorro , en la más completa desolación , siguieron mis pasos unas indias y se acurrucaron cerca de mí . Al principio conversaban a medio tono , pero más tarde atrevióse una a levantar la punta de mi mosquitero . Las otras , por sobre el hombro de su compañera , me atisbaban y sonreían . Cerrando los ojos , rechacé la provocación amorosa , con profundo deseo de libertarme de la lascivia y pedirle a la castidad su refugio tranquilo y vigorizante . Al amanecer regresaron a la ramada los juerguistas . Tendidos en el piso , como cadáveres , disolvían en el sueño la pesadilla de la embriaguez . Ninguno de mis camaradas había vuelto , y sonreí al notar que faltaban algunas pollonas . Mas cuando bajé al río para observar el estado de la curiara , vi al Pipa , boca abajo en la arena , exánime y desnudo al rayo del sol . Cogiéndolo por los brazos lo arrastré hacia la sombra , disgustado por su prurito de desnudarse . Aquel hombre , vanidoso de sus tatuajes y cicatrices , prefería el guayuco a la vestimenta , a pesar de mis reprensiones y amenazas . Dejélo que dormitara la borrachera , y allí permaneció hasta la noche . Rayó el día siguiente y ni despertaba ni se movía . Entonces , descolgando la carabina , cogí al cacique por la melena y lo hinqué en la grava , mientras que Franco hacía ademán de soltar los perros . Abrazóme el anciano las pantorrillas , trabajando una explicación : — ¡ Nada , nada ! Tomando « yagé » , tomando « yagé » . . . Ya conocía las virtudes de aquella planta , que un sabio de mi país llamó « telepatina » . Su jugo hace ver en sueños lo que está pasando en otros lugares . Recordé que el Pipa me habló de ella , agradecido de que sirviera para saber con seguridad a qué sabanas van los vaqueros y en cuáles sitios abunda la caza . Habíale ofrecido a Franco ingerirla para adivinar el punto preciso donde estuviera el raptor de nuestras mujeres . El visionario fue conducido en peso y recostado contra un estantillo . Su cara singular y barbilampiña había tomado un color violáceo . A veces babeaba su propio vientre , y , sin abrir los ojos se quería coger los pies . Entre el lelo corro de espectadores le sostuve la frente con mis manos . — Pipa , Pipa , ¿ qué ves ? , ¿ qué ves ?
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