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Con angustioso pujo principió a quejarse y saboreaba su lengua como un confite . Los indios afirmaban que sólo hablaría cuando despertara . Con descreída curiosidad nuevamente dije : — ¿ Qué ves ? ¿ Qué ves ? — Un . . . rí . . . o . Hom . . . bres , dos . . . hombres . . . — ¿ Qué más ? ¿ Qué más ? — U . . . n . . . a . . . ca . . . no . . . a . . . — ¿ Gente desconocida ? — Uuuuh . . . Uuuuuh . . . Uuuuuh . . . — Pipa ¿ te sientes mal ? ¿ Qué quieres ? ¿ Qué quieres ? — Dor . . . mir . . . dor . . . mir . . . dor . . . Las visiones del soñador fueron estrafalarias : procesiones de caimanes y tortugas , pantanos llenos de gente , flores que daban gritos . Dijo que los árboles de la selva eran gigantes paralizados y que de noche platicaban y se hacían señas . Tenían deseos de escaparse con las nubes , pero la tierra los agarraba por los tobillos y les infundía la perpetua inmovilidad . Quejábanse de la mano que los hería , del hacha que los derribaba , siempre condenados a retoñar , a florecer , a gemir , a perpetuar , sin fecundarse , su especie formidable , incomprendida . El Pipa les entendió sus airadas voces , según las cuales debían ocupar barbechos , llanuras y ciudades , hasta borrar de la tierra el rastro del hombre y mecer un solo ramaje en urdimbre cerrada , cual en los milenios del Génesis , cuando Dios flotaba todavía sobre el espacio como una nebulosa de lágrimas . ¡ Selva profética , selva enemiga ! ¿ Cuándo habrá de cumplirse tu predicción ? Llegamos a las márgenes del río Vichada derrotados por los zancudos . Durante la travesía los azuzó la muerte tras de nosotros y nos persiguieron día y noche , flotando en halo fatídico y quejumbroso , trémulos como una cuerda a medio vibrar . Éranos imposible mezquinar nuestra sangre asténica , porque nos succionaban al través de sombrero y ropa , inoculándonos el virus de la fiebre y la pesadilla . Las que enantes fueron sabanas úberes , se habían convertido en desoladas ciénagas ; y con el agua a la cintura , seguíamos el derrotero de los baquianos , bañada en sudor la frente y húmedas las maletas que portábamos a la espalda , famélicos , macilentos , pernoctando en altiplanos de breña inhóspita , sin hoguera , sin lecho , sin protección . Aquellas latitudes son inmisericordes en la sequía y en el invierno . Cierta vez en La Maporita , cuando Alicia me amaba aún , salí al desierto a coger para ella un venadillo recental . Calcinaba el verano la estepa tórrida , y las reses , en el fogaje del calor , trotaban por todas partes buscando agua . En los meandros de árido cauce escarbaban la tierra del bebedero unas vaquillonas , al lado de un caballejo que agonizaba con el hocico puesto sobre el barrizal . Una bandada de caricaris cogía culebras , ranas , lagartijas , que palpitaban locas de sed entre carroñas de « cachicamos » y « chigüires » . El toro que presidía la grey repartía topes con protectora solicitud , para obligar a sus hembras a acompañarlo hacia otros parajes en busca de alguna charca , y mugía arreando a sus compañeras en medio del banco centelleante y pajonaloso . Empero , una novilla recién parida , que se destapó las pezuñas cavando el secadal , regresó a buscar a su ternerillo para ofrecerle la ubre cuarteada . Echóse para lamerlo , y allí murió . Levanté la cría y expiró en mis brazos .
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