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Las manos de Helí Mesa me reconfortaron . Estrechélas , ansioso , y me transmitían en sus pulsaciones la contracción con que le hincaron al capataz el temerario acero en su carne odiosa . Aquellas manos , que sabían amansar la selva , también desbravaban los ríos con el canalete o con la palanca , y estaban cubiertas de dorado vello , como las mejillas del indomable joven . — ¡ No me felicite usted — decía — , yo debí matarlos a todos ! — ¿ Y entonces , para qué mi viaje ? — le repliqué . — Tiene usted razón . A mí no me han robado mujer ninguna , pero un simple sentimiento de humanidad me enfurece el brazo . Bien sabe mi Teniente que seguiré siendo subalterno suyo , como en Arauca . Vamos , pues , a buscar a los forajidos , a libertar a los enganchados . Estarán en el río Guainía , en el « siringal » de Yaguanarí . Dejando el Orinoco , pasarían por el Casiquiare , y quién sabe qué dueño tengan ahora , porque allí dizque abundan los compradores de hombres y mujeres . El Palomo y El Matacano eran socios de Barrera en este comercio . — ¿ Y tú crees que Alicia y Griselda vivan esclavas ? — Lo que sí garantizo es que valen algo , y que cualquier pudiente dará por una de ellas hasta diez quintales de goma . En eso las avaluaban los centinelas . Me retiré por el arenal a mi chinchorro , sombrío de pesar y satisfacción . ¡ Qué dicha que las fugitivas conocieran la esclavitud ! ¡ Qué vengador el latigazo que las hiriera ! Andarían por los montes sórdidos , desgreñadas , enflaquecidas , portando en la cabeza los calderos llenos de goma , o el tercio de leña verde o los peroles de fumigar . La venenosa lengua del sobrestante las aguijaría con indecencias y no les daría respiro ni para gemir . De noche dormirían en el tambo oscuro , con los peones , en hedionda promiscuidad , defendiéndose de pellizcos y manoseos , sin saber quiénes las forzaban y poseían , en tanto que la guardia pasaría número , como indicando el turno a la hombrada lúbrica : ¡ Uno ! . . . ¡ Dos ! . . . ¡ Tres ! . . . De repente , con el augurio de tales visiones , el corazón empezó a crecerme dentro del pecho hasta postrarme en sofocadora impotencia . ¿ Alicia llevaría en sus entrañas martirizadas a mi hijo ? ¿ Qué tormento más inhumano que mi tormento podía inventarse contra varón alguno ? Y caí en un colapso sibilador y mi cabeza desangrábase bajo mis uñas . Insensiblemente reaccioné de modo perverso . Barrera la habría reservado para su lecho y para su negocio , porque aquel miserable era capaz de tener concubina y vivir de ella . ¡ Qué salaces depravaciones , qué voluptuosos refinamientos le habría enseñado ! ¡ Y de haberla vendido , bien , muy bien ! ¡ Diez quintales de caucho la repagaban ! ¡ Ella se entregaría por una sola libra ! Quizás no estaba de peona en los siringales , sino de reina en la entablada casa de algún empresario , vistiendo sedas costosas y finos encajes , humillando a sus siervas como Cleopatra , riéndose de la pobreza en que la tuve , sin poder procurarle otro goce que el de su cuerpo . Desde su mecedora de mimbre , en el corredor de olorosa sombra , suelta la cabellera , amplio el corpiño , vería desfilar a los cargadores con los bultos de caucho hacia las balandras , sudorosos y desgarrados , mientras que ella , ociosa y rica , entre los abanicos de las « iracas » , apagaría sus ojos en bochorno , al son de una victrola de sedantes voces , satisfecha de ser hermosa , de ser deseada , de ser impura .
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