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Una tarde , casi al oscurecer , en las playas del río Guaviare advertí una huella humana . Alguien había estampado sobre la greda el contorno de un pie , enérgico y diminuto , sin que su vestigio reapareciera por ninguna parte . El Pipa , que cazaba peces con las flechas , acudió a mi llamamiento , y en breve todos mis camaradas le hicieron círculo a la señal , procurando indagar el rumbo que hubiera seguido . Pero Helí Mesa interrumpió la cavilación con esta noticia : — ¡ He aquí el rastro de la indiecita Mapiripana ! Y esa noche , mientras volteaba una tortuga en el asador , remató sus polémicas con el Pipa : — No sigas argumentándome que ha sido « El Poira » el que anduvo anoche por estas playas . El Poira tiene pies torcidos , y como carga en la cabeza un brasero ardiente que no se le apaga ni al sumergirse en los remansos , se ve dondequiera el hilo de ceniza indicadora . Tracemos en este arenal una mariposa con el dedo del corazón , como exvoto propicio a la muerte y a los genios del bosque , pues voy a contar la historia de la indiecita Mapiripana . A excepción de los maipureños , todos obedecimos . « La indiecita Mapiripana es la sacerdotisa de los silencios , la celadora de manantiales y lagunas . Vive en el riñón de las selvas , exprimiendo las nubecillas , encauzando las filtraciones , buscando perlas de agua en la felpa de los barrancos , para formar nuevas vertientes que den su tesoro claro a los grandes ríos . Gracias a ella , tienen tributarios el Orinoco y el Amazonas . » Los indios de estas comarcas le temen , y ella les tolera la cacería a condición de no hacer ruido . Los que la contrarían no cazan nada ; y basta fijarse en la arcilla húmeda para comprender que pasó asustando los animales y marcando la huella de un solo pie , con el talón hacia adelante , como si caminara retrocediendo . Siempre lleva en las manos una parásita y fue quien usó primero los abanicos de palmera . De noche se la siente gritar en las espesuras , y en los plenilunios costea las playas , navegando sobre una concha de tortuga , tirada por “ bufeos ” , que mueven las aletas mientras ella canta . » En otros tiempos vino a estas latitudes un misionero , que se emborrachaba con vino de palmas y dormía en el arenal con indias impúberes . Como era enviado del cielo a derrotar la superstición , esperó que la indiecita bajara cierta noche de los remansos del Chupave , para enlazarla con el cordón del hábito y quemarla viva , como a las brujas . En un recodo de estos playones , tal vez en esa arena donde ustedes están sentados , veíala robarse los huevos de “ terecay ” , y advirtió al fulgor de la luna llena que tenía un vestido de telarañas y apariencias de viudita joven . Con lujurioso afán empezó a seguirla , mas se le escapaba en las tinieblas ; llamábala con premura , y el eco engañoso respondía .
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