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Extraño a mis súplicas mudas , llamó a mis compañeros para decirles sin una lágrima : « Abrid la sepultura , que está muerto . Era lo mejor que podría sucederle » . Y sentí con angustia desesperada los golpes de la pica en el arenal . Entonces , en un esfuerzo sobrehumano , pensé al morir : « ¡ Maldita sea mi estrella aciaga , que ni en vida ni en muerte se dieron cuenta de que yo tenía corazón ! » . Moví los ojos . Resucité . Franco me sacudía : — ¡ No vuelvas a dormir sobre el lado izquierdo , que das alaridos pavorosos ! ¡ Pero yo no estaba dormido ! ¡ No estaba dormido ! Los maipureños que vinieron del Vichada con Helí Mesa parecían mudos . Adivinar su edad era empresa tan aleatoria como calcularles los años a los « careyes » . Ni el hambre , ni la fatiga , ni las contrariedades alteraron el pasivo ceño de su indolencia . A semejanza de los ánades pescadores , que exhiben en la playa su pareja gris , acordes en el vuelo y en el descanso , siempre juntos , señeros y tristes , convivían aquellos indígenas , entendiéndose a medias voces y apartándose de nosotros en las quedadas , para acomodarse en mellizo grupo a sorber el pocillo de yucuta , después de encender las fogatas , de recoger las puyas de pescar , y de fornir anzuelos y guarales . Nunca los vi mezclarse con los guahibos de Mucucuana ni celebrarle al Pipa sus anécdotas y carantoñas . Ni pedían ni daban nada . El Catire Mesa era su intermediario y con él sostenían lacónicos diálogos , exigiendo la entrega de la curiara — que era su única hacienda — , pues ansiaban tornar a su río . — Ustedes deben acompañarnos hasta el Isana . — No podemos . Cuando entrábamos al Inírida , el mayor de ellos me encareció , en tono mitad de súplica y amenaza : — Déjanos regresar al Orinoco . No remontes estas aguas que son malditas . Arriba , caucherías y guarniciones . Trabajo duro , gente maluca , matan los indios . Esto me confirmaba viejos informes que el Pipa nos dio para que desistiéramos de acercarnos a las barracas del Guaracú . Por la tarde hice que Franco los interrogara más ampliamente , y , aunque remisos al cuestionario , dijeron que en el istmo del Papunagua vivía una tribu cosmopolita , formada por prófugos de siringales desconocidos , hasta del Putumayo y del Acajú , del Apoporis y del Macaya , del Vaupés y del Papurí , del Ti – Paraná ( río de la sangre ) , del Tui – Paraná ( río de la espuma ) , y tenían corredores entre la selva , para cuando fueran patrullas armadas a perseguirlos ; que , desde años atrás , unos guayaneses de poca monta establecieron una fábrica cerca al Isana , para ir avasallando a los fugitivos , y los administraba un corso llamado « El Cayeno » ; que debíamos torcer rumbo , porque si dábamos con los prófugos nos tratarían como a enemigos ; y si con las barracas , nos pondrían a trabajar por el resto de nuestra vida . Destiñóse en las aguas el postrer lampo . Oscureció . Encontradas preocupaciones me combatían con el desvelo . Aquella noticia , verídica o falsa , me puso triste . En los montes se espesaba la oscuridad . ¿ Qué acontecimientos se cumplirían con mi presencia más allá de esas sombras ?
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