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El hombre , vuelto hacia Franco , quería postrarse : — ¡ Por Dios , no me mate ! ¡ Piedad de mí ! — ¿ Dónde están — pregunté — las personas que lo dejaron ? — Se fueron antier para el alto Inírida . — ¿ Qué cadáveres han guindado sobre los peñascos cimeros del río ? — ¿ Cadáveres ? — ¡ Sí , señor ; sí señor ! Los encontramos esta mañana porque los zamuros los denunciaron . Cuelgan de unas palmeras , desnudos , amarrados con alambres por las mandíbulas . — Es que el Coronel Funes vive en guerra con el Cayeno . Hace una semana que los vigías vieron remontar una embarcación . Y como el Cayeno tiene correos , le llegó el aviso al día siguiente . Trajo desde el Isana veinticinco hombres y asaltó a los navegantes . — Esa embarcación — repuso el Catire — fue la de las huellas en los playones . Ésos eran los humos que observaba el Pipa . — Díganos usted qué gente era ésa . — Unos secuaces del coronel que venían de San Fernando a robar caucho y cazar indios . Todos murieron . Y es costumbre colgarlos para escarmiento de los demás . — ¿ Y el Cayeno dónde se halla ? — Hace lo que los otros venían a hacer . El viejo agregó después de una pausa : — ¿ Y la tropa de ustedes , dónde está ? ¿ Por dónde vino sin que la vieran ? — Una parte esculca los montes ; otra ya remonta el Papunagua . El Cayeno asesinó nuestra descubierta mientras forzábamos los raudales . — Señor , dígale a su gente que si da con tambos desiertos no utilice el mañoco que en ellos encuentre . Ese mañoco tiene veneno . — ¿ También los mapires que están aquí ? — También . El mañoco que sirve lo tenemos oculto . — Tráigalo , y coma usted en nuestra presencia . Cuando el anciano se movió para obedecerme , le miré las canillas llenas de úlceras . Dióse cuenta de mis miradas y con acento humilde encareció : — Abran ustedes mismos el « mapire » . Verdaderamente , provoco asco . Y al recibir la afrechosa harina que le ofreció el mulato en una totuma , empezó a ingerirla , sin velar sus lágrimas . Por reanimarlo , le dije solícito : — No se aflija usted si la vida es dura . Déjenos saborear sus provisiones . ¡ Usted es alguien ! Ya seremos buenos amigos . Aquella noche incendiaban la sombra los relámpagos y la selva crujía con rumores tétricos . Hasta cuando el viento lluvioso apagó la hoguera , estuve escuchando la conversación de mis camaradas con el inválido ; pero me vencía el pesado sueño y perdí la ilación de la conferencia . El viejo se llamaba Clemente Silva y decía ser pastuso . Dieciséis años había vagado por los montes , trabajando como cauchero , y no tenía ni un solo centavo . En un momento que desperté , exponía en el tono explícito de quien hace constar un favor : — Yo vi las avanzadas de ustedes . Tres nadadores cruzaban el río . Temeroso de que el Cayeno regresara , callé . Y hoy cuando había resuelto coger la trocha . . . — Hola — interrumpí , enderezándome en el chinchorro — . ¿ Cuántas personas vio usted ? ¿ Y cuándo ? — Tengo seguridad de lo que digo : Tres nadadores , hace dos días . Serían las siete de la mañana . Por más señas , traían sus ropas amarradas en la cabeza . Ha sido milagro que el Cayeno no los capturara . Pasan tantas cosas en este infierno . . .
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