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El cautivo pasa a poder de quien lo cogió , y éste lo encentra en sus siringales , a trabajar como preso prófugo , mientras se averigua “ lo conveniente ” . Y corren años y años , y la esclavitud nunca termina . ¡ Esto es lo que me pasa con el Cayeno ! » ¡ Y he trabajado dieciséis años ! ¡ Dieciséis años de miseria ! ¡ Mas poseo un tesoro que vale un mundo , que no pueden robarme , que llevaré a mi tierra si llego a ser libre : un cajoncito lleno de huesos ! » . — Para poder contarles mi historia — nos dijo esa tarde — tendría que perder el pudor de mis desventuras . En el fondo de cada alma hay algún episodio íntimo que constituye su vergüenza . El mío es una mácula de familia : ¡ mi hija María Gertrudis « dio su brazo a torcer » ! Había tal dolor en las palabras de don Clemente , que nosotros aparentábamos no comprender . Franco se cortaba las uñas con la navaja . Helí Mesa escarbaba el suelo con un palillo , yo hacía coronas con el humo del cigarro . Tan sólo el mulato parecía invaído en la punzante narración . — Sí , amigos míos — continuó el anciano — . El miserable que la engañaba con promesas de matrimonio , la sedujo en mi ausencia . Mi pequeño Luciano abandonó la escuela y fue a buscarme al pueblo vecino , donde yo ejercía un modesto empleo , para contarme que los novios hablaban de noche por el solar y que su madre lo había reñido cuando le dio noticia de ello . Al oír su relato perdí el aplomo , regañélo por calumniador , le exalté la virtud de María Gertrudis y le prohibí que siguiera oponiéndose con celos y malquerencias al matrimonio de los jóvenes , que ya habían cambiado argollas . Desesperado , el pequeñuelo empezó a llorar y me declaró que estaba resuelto a perder la tierra antes que la deshonra de la familia lo hiciera sonrojarse ante sus compañeros de escuela primaria . « Montado en una borrica , se lo envié a mi esposa con un peón , que llevaba cartas para ésta y María Gertrudis , llenas de admoniciones y consejos . ¡ Ya María Gertrudis no era hija mía ! » Calculen ustedes cuál sería mi pena en presencia de mi deshonor . Medio loco , olvidé el hogar por perseguir a la fugitiva . Acudí a las autoridades , imploré el apoyo de mis amigos , la protección de los influyentes ; todos me hacían tragar las lágrimas obligándome a referir detalles pérfidos , y , al final , con gestos de lástima , me recriminaban así : ‘ La responsabilidad es de los padres . Hay que saber educar a los hijos ’ . » Cuando , humillado por la tortura , volví a casa , me esperaba un nuevo dolor : la pizarra de Lulianito pendía del muro , cerca al pupitre , donde la brisa agitaba las páginas de un libro descuadernado ; en el cajón vi los premios y los juguetes : la cachucha que le bordó la hermana , el reloj que le regalé , la medallita de la mamá . Reteñidas en la pizarra , bajo una cruz , leí estas palabras : ‘ ¡ Adiós , adiós ! ’ . » Más que la parálisis , mató la pena a mi pobre esposa .
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