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De noche , en playones solemnes , apuntaba a los cielos su teodolito y se ponía a coger estrellas , mientras que yo , cerca del aparato , le iluminaba el lente con un foco eléctrico . En lengua enrevesada solía decirme : » — Mañana te orientarás en la dirección de aquellos luceros . Fíjate bien de qué lado brilla y recuerda que el sol sale por aquí . » Y yo le respondía regocijado : » — Desde ayer hice el cálculo de ese rumbo , por puro instinto . » El francés , aunque reservado , era bondadoso . Es cierto que el idioma le oponía complicaciones ; pero conmigo se mostró siempre afable y cordial . Admirábase de verme pisar el monte con pies descalzos , y me dio botas ; dolíase de que las plagas me persiguieran , de que las fiebres me achajuanaran , y me puso inyecciones de varias clases , sin olvidarse nunca de dejarme en su vaso un sorbo de vino y consolar mis noches con algún cigarro . » Hasta entonces parecía no haberse enterado de la condición esclava de los caucheros . ¡ Cómo pensar que nos apalearan , nos persiguieran , nos mutilaran aquellos señores de servil ceño y melosa charla que salieron a recibirlo en La Chorrera y en El Encanto ! Mas cierto día en que vagábamos en una vega del Yacuruma , por donde pasa un viejo camino que une barracones abandonados en la soledad de esas montañas , se detuvo el francés a mirar un árbol . Acérqueme por alistarle , según costumbre , la cámara fotográfica y esperar órdenes . El árbol , castrado antiguamente por los gomeros , era un “ siringo ” enorme , cuya fortaleza quedó llena de cicatrices , gruesas , protuberantes , tumefactas , como lobanillos apretujados . » — ¿ El señor desea tomar alguna fotografía ? — le pregunté . » — Sí . Estoy observando unos jeroglíficos . » — ¿ Serán amenazas puestas por los caucheros ? » — Evidentemente : aquí hay algo como una cruz . » Me acerqué congojoso , reconociendo mi obra de antaño , desfigurada por los repliegues de la corteza : ‘ Aquí estuvo Clemente Silva ’ . Del otro lado , las palabras de Lucianito : ‘ Adiós , Adiós . . . ’ . » — ¡ Ay , Mosiú — murmuré — , esto lo hice yo ! » Y apoyado en el tronco me puse a llorar » . « Desde aquel instante tuve , por primera vez , un amigo y un protector . Compadecióse el sabio de mis desgracias y ofreció libertarme de mis patrones , comprando mi cuenta y la de mi hijo , si aún era esclavo . Le referí la vida horrible de los caucheros , le enumeré los tormentos que soportábamos , y , porque no dudara , lo convencí objetivamente : » — Señor , diga si mi espalda ha sufrido menos que ese árbol . » Y , levantándome la camisa , le enseñé mis carnes laceradas . » Momentos después , el árbol y yo perpetuamos en la Kodak nuestras heridas , que vertieron para igual amo distintos jugos : siringa y sangre . ” De allí en adelante , el lente fotográfico se dio a funcionar entre las peonadas , reproduciendo fases de tortura , sin tregua ni disimulo , abochornando a los capataces , aunque mis advertencias no cesaban de predicarle al naturalista el grave peligro de que mis amos lo supieran . El sabio seguía impertérrito , fotografiando mutilaciones y cicatrices .
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