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— ¿ Se reafirma usted en la confianza de que estamos ya libres de las pesquisas del General ? — Sin duda alguna . — ¡ Qué susto me dio ese canalla ! — comentó Alicia — . Piensen ustedes que yo temblaba como azogue . ¡ Y aparecerse a la medianoche ! ¡ Y decir que me conocía ! Pero se llevó su merecido . Don Rafo tributó a mi osadía un aplauso feliz : ¡ era yo el hombre para Casanare ! Mientras hablaba , iba desmaneando las bestias y poniéndoles los cabezales . Ayudábale yo en la faena y pronto estuvimos listos para seguir la marcha . Alicia , que nos alumbraba con una linterna , suplicó que esperásemos la salida del sol . — ¿ Conque el mentado Pipa es un zorro llanero ? — pregunté a don Rafo . — El más astuto de los salteadores ; varias veces prófugo , tras de curar sus fiebres en los presidios , vuelve con mayores arrestos a ejercer la piratería . Ha sido capitán de indios salvajes , sabe idiomas de varias tribus y es boga y es vaquero . — Y tan disimulado , y tan hipócrita y tan servil — apuntaba Alicia . — Tuvieron ustedes la fortuna de que les robara una sola bestia . Por aquí andará . . . Alicia me miraba nerviosa , pero calmó sus preocupaciones con las anécdotas de don Rafo . Y la aurora surgió ante nosotros ; sin que advirtiéramos el momento preciso , empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera muselina . Las estrellas se adormecieron y en la lontananza de ópalo , al nivel de la tierra , apareció un celaje de incendio , una pincelada violenta , un coágulo de rubí . Bajo la gloria del alba hendieron el aire los patos chillones , las garzas morosas como copos flotantes , los loros esmeraldinos de tembloroso vuelo , las guacamayas multicolores . Y de todas partes , del pajonal y del espacio , del « estero » y de la palmera , nacía un hálito jubiloso que era vida , era acento , claridad y palpitación . Mientras tanto , en el arrebol que abría su palio inconmensurable , dardeó el primer destello solar , y , lentamente , el astro , inmenso como una cúpula ante el asombro del toro y la fiera , rodó por las llanuras , enrojeciéndose antes de ascender al azul . Alicia , abrazándome llorosa y enloquecida , repetía esta plegaria : — ¡ Dios mío , Dios mío ! ¡ El sol , el sol ! Luego , nosotros , prosiguiendo la marcha , nos hundimos en la inmensidad . Poco a poco el regocijo de nuestras lenguas fue cediendo al cansancio . Habíamos hecho copiosas preguntas que don Rafo atendía con autoridad de conocedor . Ya sabíamos lo que eran una « mata » , un « caño » , un « zural » , y por fin Alicia conoció los venados . Pastaban en un estero hasta media docena , y al ventearnos enderezaron hacia nosotros las orejas esquivas . — No gaste usted los tiros de revólver — ordenó don Rafo — . Aunque vea usted los bichos cerca , están a más de quinientos metros . Fenómenos de la región .
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