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Aunque mis compañeros caminaban cerca , no los veía , no los sentía . Parecióme que mi cerebro iba a entrar en ebullición . Tuve miedo de hallarme solo , y , repentinamente , eché a correr hacia cualquier parte , ululando empavorecido , lejos de los perros , que me perseguían . No supe más . De entre una malla de trepadoras mis camaradas me desenredaron . — ¡ Por Dios ! ¿ Qué te pasa ? ¿ No nos conoces ? ¡ Somos nosotros ! — ¿ Qué les he hecho ? ¿ Por qué me amenazan ? ¿ Por qué me tienen amarrado ? — Don Clemente — prorrumpió Franco — , desandemos este camino : Arturo está enfermo . — ¡ No , no ! Ya me tranquilicé . Creo que quise coger una ardilla blanca . Las caras de ustedes me aterraron . ¡ Tan horribles muecas . . . ! Así dije , y aunque todos estaban pálidos , porque no dudaran de mi salud me puse de guía por entre el bosque . Un momento después se sonrió don Clemente : — Paisano , usted ha sentido el embrujamiento de la montaña . — ¡ Cómo ! ¿ Por qué ? — Porque pisa con desconfianza y a cada momento mira atrás . Pero no se afane ni tenga miedo . Es que algunos árboles son burlones . — En verdad no entiendo . . . — Nadie ha sabido cuál es la causa del misterio que nos trastorna cuando vagamos en la selva . Sin embargo , creo acertar en la explicación : cualquiera de estos árboles se amansaría , tornándose amistoso y hasta risueño , en un parque , en un camino , en una llanura , donde nadie lo sangrara ni lo persiguiera ; mas aquí todos son perversos , o agresivos , o hipnotizantes . En estos silencios , bajo estas sombras , tienen su manera de combatirnos : algo nos asusta , algo nos crispa , algo nos oprime , y viene el mareo de las espesuras y queremos huir y nos extraviamos , y por esta razón miles de caucheros no volvieron a salir nunca . « Yo también he sentido la mala influencia en distintos casos , especialmente en Yaguanarí » . Por primera vez , en todo su horror , se ensanchó ante mí la selva inhumana . Arboles deformes sufren el cautiverio de las enredaderas advenedizas , que a grandes trechos los ayuntan con las palmeras y se descuelgan en curva elástica , semejantes a redes mal extendidas , que a fuerza de almacenar en años enteros hojarascas , chamizas , frutas , se desfondan como un saco de podredumbre , vaciando en la yerba reptiles ciegos , salamandras mohosas , arañas peludas . Por doquiera el bejuco de « matapalo » — rastrero pulpo de las florestas — pega sus tentáculos a los troncos acogotándolos y retorciéndolos , para injertárselos y transfundírselos en metempsicosis dolorosas . Vomitan los « bachaqueros » sus trillones de hormigas devastadoras , que recortan el manto de la montaña y por anchas veredas regresan al túnel , como abanderadas del exterminio , con sus gallardetes de hojas y de flores . El comején enferma los árboles cual galopante sífilis , que solapa su lepra supliciatoria mientras va carcomiéndoles los tejidos y pulverizándoles la corteza , hasta derrocarlos , súbitamente , con su pesadumbre de ramazones vivas . Entretanto , la tierra cumple las sucesivas renovaciones : al pie del coloso que se derrumba , el germen que brota ; en medio de las miasmas , el polen que vuela ; y por todas partes el hálito del fermento , los vapores calientes de la penumbra , el sopor de la muerte , el marasmo de la procreación .
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