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El anciano sabía que no lo amenazaba por broma . Ni sintió sorpresa ante mi amenaza . Comprendió que el desierto me poseía . ¡ Matar a un hombre ! ¿ Y por qué ? ¿ Por qué no ? Era un fenómeno natural . ¿ Y la costumbre de defenderme ? ¿ Y la manera de emanciparme ? ¿ Qué otro modo más rápido de solucionar los diarios conflictos ? Y por este proceso — ¡ oh selva ! — hemos pasado todos los que caemos en tu vorágine . Agachados entre la fronda , con las manos en las carabinas , atisbábamos las luces de las barracas , miedosos de que alguien nos descubriera . En aquel escondite debíamos pernoctar sin encender fuego . Sollozando en la oscuridad pasaba una corriente desconocida . Era el Isana . — Don Clemente — dije abrazándolo — en esto de rumbos es usted la más alta sabiduría . — Sin embargo , le cogí miedo a la profesión : anduve perdido más de dos meses en el siringal de Yaguanarí . — Tengo presentes los pormenores . Cuando su fuga para el Vaupés . . . — Éramos siete caucheros prófugos . — Y quisieron matarlo . . . — Creían que los extraviaba intencionalmente . — Y unas veces lo maltrataban . . . — Y otras me pedían de rodillas la salvación . — Y lo amarraron una noche entera . . . — Temiendo que pudiera abandonarlos . — Y se dispersaron por buscar el rumbo . . . — Pero sólo toparon el de la muerte . Este mísero anciano Clemente Silva siempre ha tenido el monopolio de la desventura . Desde el día que yendo de Iquitos para Manaos oyó noticias del hijo muerto , cifró su esperanza en prolongar la esclavitud . Quería ser cauchero unos años más , hasta que la tierra le permitiera exhumar los restos . La selva , indirectamente , lo reclamaba como a prófugo , y era el espectro de Lucianito el que le pedía volver atrás . Aunque la madona hubiera querido darlo libre , ¿ qué ganaría con la libertad si de nuevo debía engancharse , obligado por la indigencia , en la cuadrilla de cualquier amo que quizás lo alejara del Vaupés ? En Manaos recorrió las agencias donde buscan trabajo los inmigrantes , y salió descorazonado de esos tugurios donde la esclavitud se contrata , porque los patrones sólo « avanzaban » gente para el Madeira , para el Purús , para el Ucayali . Y él quería irse al infausto río que guardaba al pie de su raudal la enmalezada tumba , distinguida por cuatro piedras . El turco Pezil no tenía trabajos en esos parajes , pero se lo llevaba al alto Río Negro , y eso era mucho . Solo que fingía no querer comprarlo , y al fin accedió a sus ruegos , estipulando con la madona una retroventa , por si no le satisfacían las aptitudes del « colombiano » . Lo trajo a su hermosa quinta de Naranjal , en la margen opuesta de Yaguanarí , y lo tuvo un tiempo en oficios fáciles , bajo su vigilancia de musulmán , despreciativo y taciturno , sin maltratarlo ni escarnecerlo . Mas cierta vez riñeron unas mujeres en la cocina y despertaron a su señor , que dormía la siesta . Don Clemente estaba en el corredor , observando el mapa del muro . En esa actitud lo sorprendió el amo . Ordenóle a gritos que desnudara a las contrincantes hasta la cintura y las azotara . El viejo Silva se resistió a cumplir la orden . Esa misma tarde lo despacharon a siringuear a Yaguanarí .
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