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Estaban nerviosos , tenían el presentimiento de la catástrofe . La menor palabra les haría estallar el pánico , la locura , la cólera . Todos se esforzaban por resistir . ¡ Adelante ! Como Lauro Coutinho pretendía mostrarse alegre , le soltó una pulla a Souza Machado , que se había detenido a botar el caucho . Esto forzó los ánimos a resignarse a la hilaridad . Hablaron un trecho . No sé quién le hizo preguntas a don Clemente . — ¡ Silencio ! — gruñó el italiano — . ¡ Recuerden que a los pilotos y a los rumberos no se les debe hablar ! Pero el anciano Silva , deteniéndose de repente , levantó los brazos , como el hombre que se da preso , y , encarándose con sus amigos , sollozó : — ¡ Andamos perdidos ! Al instante , el grupo desventurado , con los ojos hacia las ramas y aullando como perros , elevó su coro de blasfemias y plegarias : — ¡ Dios inhumano ! ¡ Sálvanos , mi Dios ! ¡ Andamos perdidos ! « Andamos perdidos » . Estas dos palabras , tan sencillas y tan comunes , hacen estallar , cuando se pronuncian entre los montes , un pavor que no es comparable ni al « sálvese quien pueda » de las derrotas . Por la mente de quien las escucha pasa la visión de un abismo antropófago , la selva misma , abierta ante el alma como una boca que se engulle los hombres a quienes el hambre y el desaliento le van colocando entre las mandíbulas . Ni los juramentos , ni las advertencias , ni las lágrimas del rumbero , que prometía corregir la ruta , lograban aplacar a los extraviados . Mesábanse las greñas , retorcíanse las falanges , se mordían los labios , llenos de una espuma sanguinolenta que envenenaba las inculpaciones . — ¡ Este viejo es el responsable ! ¡ Perdió el rumbo por querer largarse para el Vaupés ! — ¡ Viejo remalo , viejo bandido , nos llevabas con engañifas para vendernos quién sabe dónde ! — ¡ Sí , sí , criminal ! ¡ Dios se opuso a tus planes ! Viendo que aquellos locos podían matarlo , el anciano Silva se dio a correr , pero un árbol cómplice lo enlazó por las piernas con un bejuco y lo tiró al suelo . Allí lo amarraron , allí Peggi los exhortaba a volverlo trizas . Entonces fue cuando don Clemente pronunció aquella frase de tanto efecto : — ¿ Queréis matarme ? ¿ Cómo podríais andar sin mí ? ¡ Yo soy la esperanza ! Los agresores , maquinalmente , se contuvieron . — ¡ Sí , sí , es preciso que viva para que nos salve ! — ¡ Pero sin soltarlo , porque se nos va ! Y aunque no le quitaron las ligaduras , postráronse de rodillas a implorarle la salvación , y le limpiaban los pies con besos y llantos . — ¡ No nos desampare ! — ¡ Regresemos a la barraca ! — ¡ Si usted nos abandona , moriremos de hambre ! Mientras unos plañían de este jaez , otros halábanlo de la cuerda , suplicando el regreso . Las explicaciones de don Clemente parecían reconciliarlos con la cordura . Tratábase de un percance muy conocido de rumberos y de cazadores y no era razonable perder el ánimo a la primera dificultad , cuando había tantos modos de solucionarla . ¿ Para qué lo asustaron ? ¿ Para qué se pusieron a pensar en el extravío ? ¿ No los había instruído una y otra vez en la urgencia de desechar esa tentación , que la espesura infunde en el hombre para trastornarlo ?
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