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Noches después los sintió gritar don Clemente Silva , pero temió que lo asesinaran . También había perdido la compasión , también el desierto lo poseía . A veces lo hacía llorar el remordimiento , mas se sinceraba ante su conciencia con sólo pensar en su propia suerte . A pesar de todo , regresó a buscarlos . Halló las calaveras y algunos fémures . Sin fuego ni fusil , vagó dos meses entre los montes , hecho un idiota , ausente de sus sentidos , animalizado por la floresta , despreciado hasta por la muerte , masticando tallos , cáscaras , hongos , como bestia herbívora con la diferencia de que observaba qué clase de pepas comían los micos para imitarlos . No obstante , alguna mañana tuvo repentina revelación . Paróse ante una palmera de « cananguche » , que , según la leyenda , describe la trayectoria del astro diurno , a la manera del girasol . Nunca había pensado en aquel misterio . Ansiosos minutos estuvo en éxtasis , constatándolo , y creyó observar el alto follaje moviéndose pausadamente , con el ritmo de una cabeza que gastara doce horas justas en inclinarse desde el hombro derecho hasta el contrario . La secreta voz de las cosas le llenó su alma . ¿ Sería cierto que esa palmera , encumbrada en aquel destierro como un índice hacia el azul , estaba indicándole la orientación ? Verdad o mentira , él lo oyó decir . ¡ Y creyó ! Lo que necesitaba era una creencia definitiva . Y por el derrotero del vegetal comenzó a perseguir el propio . Fue así como al poco tiempo encontró la vaguada del río Tiquié . Aquel caño de estrechas curvas parecióle rebalse de estancada ciénaga , y se puso a tirarle hojitas para ver si el agua corría . En esa tarea lo encontraron los Albuquerques , y , casi a la rastra , lo condujeron al barracón . — ¿ Quién es ese espantajo que han conseguido en la cacería ? — les preguntaron los siringueros . — Un picure que sólo sabe decir : ¡ Coutinho ! . . . ¡ Peggi ! . . . ¡ Souza Machado ! . . . De allí , al terminar el año , se les fugaba en una canoa para el Vaupés . Ahora está aquí , sentado en mi compañía , esperando que raye el alba para que lleguemos a las barracas del Guaracú . Quizás piensa en Yaguanarí , en Yavaraté , en los compañeros extraviados . « No vaya usted a Yaguanarí » , me aconseja siempre . Yo , recordando a Alicia y a mi enemigo , exclamo colérico : — ¡ Iré , iré , iré ! Al amanecer suscitóse una discusión en que , por fortuna , no perdí el aplomo . Tratábase de la forma como debíamos demandar la hospitalidad . Era indudable que la presencia inesperada de cuatro hombres desconocidos provocaría en los tambos serias alarmas . Uno de nosotros debía arriesgarse a explorar el ánimo del empresario , para que los demás , que quedarían en expectativa , con la selva libre , no se expusieran a sufrir irreparable servidumbre . Al fin se convino en que aquella misión me correspondía ; pero mis compañeros se negaban resueltamente a dejarme ir armado . Con esta precaución ofendían mi cordura , y , sin embargo , la acepté de manera tácita . Evidentemente , ciertos actos como que se anticipan a mis ideas : cuando el cerebro manda , ya mis nervios están en acción . Era bueno privarme de cualquier medio que pudiera encender mi agresividad ; y todo hombre armado está siempre a dos pasos de la tragedia .
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