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Entonces , con ilusoria teatralidad , que , por cierto , fue muy sincera , murmuré bajando los ojos : — No repares , señora , en mis pies descalzos , ni en mis remiendos , ni en mi figura ; mi porte es la triste máscara de mi espíritu , mas por mi pecho pasan todas las sendas para el amor . Me bastó una mirada de la madona para comprender mi equivocación . Tampoco entendía la necesidad de mi rendimiento , cuando hubiera podido darle a mi ánima , ansiosa de un afecto cualquiera , las orientaciones definitivas ; tampoco supo velarse con el espíritu para hacerme olvidar la hembra ante la mujer . Disgustado por mi ridículo , me senté a su lado , decidido a vengarme de mi estupidez , y tendiéndole el brazo sobre los hombros la doblé contra mí , bruscamente , y mis dedos tenaces le quedaron impresos en la piel . Arreglándose las peinetas , protestó anhelante : — ¡ Estos colombianos son atrevidos ! — ¡ Sí , pero en empresas de mucha monta ! — ¡ Quieto ! ¡ Quieto ! ¡ Déjame reposar ! — ¡ Eres insensible como tus cabellos ! — ¡ Oh ! ¡ Alá ! — Te besé la cabeza y no sentiste . — ¡ Para qué ! — ¡ Cual si hubiera besado tu inteligencia ! — ¡ Oh , sí ! Durante un momento quedóse inmóvil , menos pudorosa que alarmada , sin mirarme ni protestar . De repente , se puso en pie . — ¡ Caballero , no me pellizque ! ¡ Está equivocado ! — ¡ Nunca se equivoca mi corazón ! Y diciendo esto , le mordí la mejilla , una sola vez , porque en mis dientes quedó un saborcillo de vaselina y polvos de arroz . La madona , estrechándome contra su seno , prorrumpió llorosa : — ¡ Ángel mío , prefiéreme en el negocio ! ¡ Prefiéreme ! ¡ Lo demás fue cuenta mía ! Hasta diez chiquillos panzudos me cercaron con sus totumas , gimoteando un ruego enseñado por sus mamás , quienes en corrillo famélico los instigaban desde otro caney , ayudándoles con los ojos en la súplica mendicante : — ¡ Mañoco , ay , mañoco ! Entonces , la madona Zoraida Ayram , con su mano usurera y blanca , que aún tenía la agitación de las últimas sensaciones , quiso demostrar su munificencia y obtener mi aplauso : ejerciendo derechos de ama de casa , franqueó la despensa a los pedigüeños y les ordenó colmar sus vasijas hasta saciarse . Abalanzáronse los muchachos sobre el mapire , como chisgas sobre el trigal , cuando , de súbito , una vieja envidiosa los alarmó con estas palabras : — ¡ Uiií ! ¡ Güipas ! ¡ El viejo ! Y la turba despavorida desbandóse con tal precipitación que algunos cayeron derramando el afrecho precioso , pese a lo cual , los más listos recogieron del suelo varios puñados y lleváronlos a la boca con tierra y todo . El « espanto » de aquellos párvulos era el rumbero Clemente Silva , que , habiendo ido a pescar , regresaba con las redes ineficaces . Grave recelo sienten ante el anciano , con quien los asustan desde que salen de la lactancia , enseñándoles que , cuando crezcan , va a extraviarlos en el centro de los rebalses , bajo siringales oscurecidos , donde la selva habrá de tragárselos .
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