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— Óyeme : el viejo Silva dice que no quiere dejarte solo , que no puede admitir favores que provengan de esa mujer , quien lo tuvo esclavo tras de haber sido concubina de Lucianito . — ¡ Si eso quedó arreglado desde ayer ! ¡ Se irá don Clemente con el mulato y dos bogas más ! Ya les tengo firmados los pasaportes . Los víveres listos . ¡ Sólo me falta escribir la correspondencia ! Alarmado por este informe , corrí luego a buscar al anciano Silva y le rogué con acento apremiante , provocando sus lágrimas : — ¡ No se detenga por mis peligros ! ¡ Váyase , por Dios , con los huesos de su pequeño ! ¡ Piense que , si se queda , descubren todo y no saldremos jamás de aquí ! ¡ Guarde ese llanto para ablandar el alma de nuestro cónsul y hacer que se venga inmediatamente a devolvernos la libertad ! Regrese con él y viajen de día y de noche , en la seguridad de hallarnos pronto , porque para entonces estaremos en el Guainía . Búsquenos usted en el Yaguanarí , en el barracón de Manuel Cardoso ; y si le dicen que nos internamos en la montaña , coja nuestra pista , que muy en breve nos encontrará . Desde ahora le repito las mismas súplicas de Coutinho y de Souza Machado , cuando , perdidos en la floresta , le besaban los pies : « Apiádese de nosotros . Si usted nos abandona , moriremos de hambre » . Después , estrechando contra mi pecho al mulato Antonio Correa : — ¡ Vete , pero no olvides que merecemos la redención ! ¡ No nos dejen botados en estos montes ! ¡ Nosotros también queremos regresar a nuestras llanuras , también tenemos madre a quien adorar ! ¡ Piensa que si morimos en estas selvas , seremos más desgraciados que el infeliz Luciano Silva , pues no habrá quien repatrie nuestros despojos ! Y aunque el Váquiro , ebrio , y la madona concupiscente me esperaban para yantar , me encerré en la oficina del patrón , y , en compañía de don Ramiro Estévanez , redacté para nuestro cónsul el pliego que debía llevar don Clemente Silva , una tremenda requisitoria , de estilo borbollante y apresurado como el agua de los torrentes . Esa noche , el Váquiro , deteniéndose en el umbral , interrumpía nuestra labor con impertinencias : — ¡ Pida cachaza , pida tabaco y tiros de winchester ! A su vez , el Catire Mesa , provisto de una antorcha , se presentaba a repetir : — La canoa está lista , pero no hay quien entregue el quintal de caucho que deben llevar como dinero para cubrir los costos del viaje . Y la madona , con fastidiosa desfachatez , entraba en el cuartucho mal iluminado , me interrogaba familiarmente , me servía pocillos de café tinto , que ella misma endulzaba , a sorbos , dándome por servilleta la punta de su delantal . En presencia del casto Ramiro , apoyó la mejilla en mi hombro , viendo correr la pluma sobre las páginas , a la resinosa luz del candil , admirada de mi destreza en trazar signos que ella no entendía , tan diferentes del alfabeto árabe . — ¡ Quién supiera escribir tu idioma ! Angel mío , ¿ qué pones ahí ? — Le estoy diciendo a la casa Rosas que tienes un caucho maravilloso . Ramiro , indignado , se retiró . — Amor , no le digas eso , porque me pedirá que se lo dé en pago . — ¿ Acaso le debes ? — ¡ La deuda no es mía , pero . . . quisiera que me ayudaras ! . . .
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