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— ¿ Te obligaste como fiadora ? — Sí . — Pero el deudor te daba lotes de caucho . — Eran para mí , no para la deuda . — ¡ Y lo mató un árbol ! ¿ No es verdad que lo mató un árbol , el de la ciencia del bien y del mal ? — ¡ Oh ! ¿ Tú sabes ? ¿ Tú sabes ? — ¡ Recuerda que he vivido en el Vaupés ! La madona , desconcertada , retrocedía , pero yo , sujetándola por los brazos , la obligué a hablar . — ¡ No te afanes , no te desesperes ! ¿ Es tuya la culpa de que el muchacho se matara ? ¡ No me niegues que se suicidó ! — ¡ Sí , se mató ! ¡ Pero no lo cuentes a tus amigos ! ¡ Tenía tantas deudas ! ¡ Quería que me quedara en los siringales viviendo con él ! ¡ Imposible ! ¡ O que nos casáramos en manaos ! Un absurdo . ¡ Y en el último viaje , cuando pernoctamos en el raudal , lo desengañé , le exigí que me dejara , que se volviera ! Empezó a llorar . ¡ Él sabía que yo cargaba el revólver entre el corpiño ! Inclinóse sobre mi hamaca , como oliéndome , como palpándome . ¡ De pronto , un disparo ! ¡ Y me bañó los senos en sangre ! La madona , sacudida por el relato , fue ganando la puerta , con las manos sobre la blusa , como si quisiera tapar la mancha caliente . ¡ Y me quedé solo ! Entonces sentí ascender palabras de llanto , juramentos , imprecaciones , que salían del caney próximo . Don Clemente Silva y mis camaradas me rodearon enfurecidos : — ¡ Me los botaron ! ¡ Ah , miserables ! ¡ Me los botaron ! — ¡ Cómo ! ¡ Será posible ! — ¡ Los huesos de mi hijo , de mi hijo desventurado , los tiraron al río , porque la madona , esa perra cínica , les tenía escrúpulos ! ¡ Ahora sí , cuchillo con estas fieras ! ¡ Mátelos a todos ! Momentos después , sobre la canoa desatracada , vi erguirse en la sombra el perfil colérico del anciano . Entré en el agua para abrazarlo una y otra vez , y escuché sus postreras admoniciones : — ¡ Mátelos , que yo vuelvo ! ¡ Pero perdone a la pobre Alicia ! ¡ Hágalo por mí ! Como si fuera María Gertrudis . Y se fue la canoa , y comprendíamos que los viajeros agitaban los brazos hacia nosotros en la lobreguez del cauce siniestro . Llorando , repetimos las palabras de Lucianito : « ¡ Adiós , adiós ! » . Arriba , el cielo sin límites , la constelada noche del trópico . ¡ Y las estrellas infundían miedo ! Va para seis semanas que , por insinuación de Ramiro Estévanez , distraigo la ociosidad escribiendo las notas de mi odisea , en el libro de caja que el Cayeno tenía sobre su escritorio como adorno inútil y polvoriento . Peripecias extravagantes , detalles pueriles , páginas truculentas forman la red precaria de mi narración , y la voy exponiendo con pesadumbre , al ver que mi vida no conquistó lo trascendental y en ella todo resulta insignificante y perecedero . Erraría quien imaginara que mi lápiz se mueve con deseos de notoriedad , al correr presuroso en el papel tras de las palabras para irlas fijando sobre las líneas . No ambiciono otro fin que el de emocionar a Ramiro Estévanez con el breviario de mis aventuras , confesándole por escrito el curso de mis pasiones y defectos , a ver si aprende a apreciar en mí lo que en él regateó el destino , y logra estimularse para la acción , pues siempre ha sido provechosísima disciplina para el pusilánime hacer confrontaciones con el arriscado .
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