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— ¡ Los peones de Barrera no valen nada ! ¡ Todos con hambre , todos con peste ! A lo largo del río Guainía desembarcaban en las casas de los « caboclos » , a robarse cuanto encontraban , a tragarse lo que podían : gallinas , cerdos , fariña cruda , cáscaras de bananas . Tosiendo como demonios , devorando como langostas . En algunos sitios era indispensable hacerles disparos para obligarlos a embarcarse . Pezil subió a encontrarlos hasta su fundación en San Marcelino . Allí estaban enfermas varias colombianas y me dio una a precio de costo . — ¿ Cómo se llama ? — ¡ No sé ! ¿ Te importa saberlo ? — Sí . . . No . . . Si hubiera venido hablaría con ella , primero para pedirle datos de esa gente , y , segundo , para encarecerle absoluta reserva y circunspección . — ¿ En qué asunto ? ¿ Por qué ? — No daré mi confianza a quien me la quita . — ¡ Dime ! ¡ Dime ! ¿ Cuándo tuve secretos para ti ? Entonces aboqué el problema de lleno : — Zoraida , quiero ser generoso con la mujer que me hizo erótica dádiva de su cuerpo . Pero en ningún caso toleraré que se comprometa , imprudentemente , confiada en mí . Zoraida , aquí todos saben que de noche transportas el caucho de los depósitos de Cayeno a tu batelón . — ¡ Mentira ! ¡ Mentira de tus amigos , que no me quieren ! — Y que una mujer llamada Griselda les ha escrito cartas a mis compañeros . — ¡ Mentira ! ¡ Mentira ! — Y que al Cayeno se le avisó lo que está pasando . — ¡ Tus amigos ! ¡ En eso andan ! ¡ Tú permitiste ! — ¡ Y que algunos gomeros encontraron el escondrijo de tu barco pirata ! — ¡ Alá ! ¿ Qué hago ? ¡ Me roban todo ! Entonces yo , esquivo a la mano que me imploraba , salí del tambo repitiendo con sardónica displicencia : — ¡ Mentira ! ¡ Mentira ! Acabo de ver al Váquiro , tendido en su hamaca del caney , donde lo consume una fiebre alcohólica . A su redor , denunciando el soborno de la turca , hay desocupada botillería , cuyos capachos despiden aún el olor a brea , peculiar de los barcos recién arribados . Ramiro Estévanez , quien debe a la condescendencia del capataz su actual descanso , sospechó las repentinas intimidades de la pareja , que a solas se encerraba en el depósito a cambiar palabras de miel : « ¡ Mi señora ! » , « ¡ Mi general ! » . Por orden de éste vino a llamarme , advertido del disgusto con que todos ven la desaparición de mis compañeros . El Váquiro , baboso y amodorrado , parecía dormitar con hipo anhelante , sin admitir otro remedio que la cachaza . — No lo dejes beber — dije a Ramiro — porque revienta . Y el enfermo , clavando en mí sus ojillos idiotizados , me respondió : — ¡ Nada le importa ! ¡ Basta de abusos ! ¡ Basta de abusos ! — Mi general , respetuosamente pido permiso para explicarle . . . — ¡ Entréguese preso ! ¡ O me presenta sus compañeros , o queda preso ! Entonces Zoraida le confesó a Estévanez que el Petardo Lesmes llegaría con el Cayeno en hora imprevista , y que pesaban sobre nosotros no sé qué sospechas . — ¿ Cómo cuál ? — respondí con reposo fingido — . ¿ Es que me calumnia el Petardo por mi adhesión al general Vácares ? Pues si así fuere , vengan sobre mí las calamidades , porque tengo el valor de reconocer el mérito ajeno y seguiré proclamando que el hombre de espada está siempre por encima de los demás . ¡ Aquí y donde quiera ! El Váquiro dijo , levantándose del chinchorro : — ¡ Eso sí es verdá !
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