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La noche era azul y los barracones estaban desiertos . Ramiro Estévanez , que no se apartaba de la orilla , vino a avisar que por el río bajaban ramas . El batelón debía hallarse arriba , en el atracadero desconocido , enviando señales . Al oír esta nueva , operóse en mí un fenómeno orgánico : mis plantas se enfriaban , mis pulsaciones se moderaron y empecé a sentir un vago reposo que me llenaba de indolencia , a pesar de la fiebre súbita que prestaba a mi piel ardores de brasa . ¿ Emocionarme yo porque una aventurera llegaba al tambo ? ¡ Ya no tenía interés en verla , ni en saber de nadie ! ¡ Si quería protección , que me buscara ! ¡ Y me embocé en un desdén irónico ! — ¡ No me invites al puerto , Zoraida , porque no voy ! ¡ Si aún insistes en que interrogue a tu sirvienta , ha de ser a solas y en ese caney ! Minutos más tarde , cuando advertí que las dos mujeres llegaban , quise moverme a velar la llama del farol . Di algunos pasos , y el pie derecho se me resistía : un leve hormigueo , una especie de parálisis cosquillosa me estremeció . Lerdamente avancé , sin sentir el suelo , como si pisara algodones . ¡ La niña Griselda corrió a abrazarme ! Rechazándola con el gesto , le dije a secas ante la madona : — ¡ Salud ! Hoy escribo estas páginas en el Río Negro , río sugestivo que los naturales llaman Guainía . Desde hace tres semanas , en el batelón de la turca , huimos de las barracas del Guaracú . Sobre la cresta de estas ondas retintas que nos van acercando a Yaguanarí , frente a estas orillas , que vieron bajar a mis compatriotas esclavizados , sobre estos remolinos que venció la curiara de Clemente Silva , hago memoria de los sucesos aterradores que antevinieron a la fuga , inconforme con mi destino , que me obligó a dejar un rastro de sangre . Aquí va la niña Griselda , de sabrosa palabra y espíritu enérgico , cuyo rostro desgastado por el dolor aprendió a sonreír entre lágrimas . Cariño y coraje infúndeme al par esta desgraciada , que no se inmuta ante el peligro y supo desarmar mi cólera estúpida la noche en que nos hallamos , frente a frente , solos en el caney de la madona . — ¡ Salud ! — repetí — haciendo ademán de salir del cuarto . — Espérate , desconocío . ¡ Aquí me han treído a garlar con vos ! — ¿ Conmigo ? ¿ De qué ? ¿ Viene usted a contarme cómo le ha ido ? — Lo mismo que a vos . ¡ Fregaíta , pero contenta ! — ¿ Y su negocio ? ¿ Cómo va la asistencia de las peonadas ? ¿ A cómo tiene amasijo fresco ? — Pa vos no tengo , porque no fío . Pero como te veo la necesidá , vení y arreglamos . Conmovido al verla taparse el rostro con el pañuelo , le pregunté : — ¿ Te enseñó a llorar el « niño » Barrera ? — ¿ Yorar ? ¿ Y por qué ? Es que desde el día que me pegaron un pescozón quedé resabiáa a tarme limpiando . Reprochándome de esta suerte la brutal escena de La Maporita , intentó reír , pero , de repente , convulsionada por los sollozos , cayó a mis pies : — ¡ Déjate de burlas , mirá que somos tan desgraciaos !
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