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— ¡ Oh ! — exclamó al fin , retirándose de su observatorio con la cara radiante de alegría y andando presurosa hacia la puerta de salida — , por misericordia de Dios , hay pa ratu . ¿ No era bien singular y extraño todo aquello ? Entre tanto , yo no cesaba de meditar sobre el grave tema , y punto de suma trascendencia para mí , surgido aquella misma mañana de la conversación que tuve con mi tío ; y cuanto más vueltas le daba en mi cabeza , más obligado me creía , hasta por obra de caridad , a ofrecerle lo único que honradamente le podía ofrecer yo . Si con este ofrecimiento se curaba de sus angustias mortales , ¿ qué mayor satisfacción para mí ? Si andando el tiempo resultaba que no llegaban mis fuerzas tan allá como mis buenos propósitos , ¿ qué culpa tendría yo de ello ? No vacilé más : busqué a mi tío , le hallé en su cuarto cerca de un brasero , hojeando unos papeles , tosiendo mucho y moviéndose mal debajo de la espesa ropa que le abrumaba , a la tétrica luz de la media tarde y al ruido ingrato de las celliscas y de los truenos que no cesaban afuera . XVIII Me anuncié preguntándole desde la puerta si podía hablar con él cuatro palabras sin molestarle . Volvió hacia mí la cara con la viveza ratonil que le era propia , y me contestó , enderezando cuanto pudo el cuerpecillo descarnado : — ¡ Mira , hombre , qué casualidad ! . . . Apuradamente estaba yo pensando en ir enseguida a preguntarte lo mismo para cumplirte después la promesa que te hice esta mañana por remate de nuestra conversación . — Pues a cumplir otra promesa — añadí — , que no pude hacerle a usted entonces por falta de oportunidad , pero que quedó hecha en mis adentros , vengo yo ahora . — Ya estás sentándote y hablando — me dijo a esto , arrojando sobre la cómoda los papeles que hojeaba , sentándose después en una silla junto a la caja del brasero e indicándome que hiciera yo lo propio en otra que estaba enfrente de ella . — En lo de sentarme — le dije , haciéndolo — , le obedezco a usted desde luego ; pero en lo de hablar . . . no tanto . — ¡ Esta es buena , trastajo ! ¿ Por qué , hombre ? — Porque quiero darle a usted la preferencia , como debo , en lo que mutuamente tenemos que decirnos , según parece . — Vaya , vaya , déjate de cumplimientos , y empecemos por el caso tuyo , que para el mío siempre hay lugar . Conque ¿ qué es lo que se te ocurre , hijo mío ? — Pues lo que se me ocurre — dije yo comenzando a tocar las dificultades de acometer de frente un asunto de tan delicada naturaleza como aquél , cuyo punto de partida era nada menos que la muerte de mi venerable interlocutor — , se me ocurre , mi querido tío , algo que se relaciona con otro algo que le oí a usted esta mañana y me produjo muy honda y muy amarga impresión . . .
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