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Menos seguridad tuve de ello cuando intenté « levantar » mi casa . Me parecía que esto equivalía a quemar mis naves , o , por lo menos , a darme ya por consentido en que había de ser muy larga mi permanencia entre los osos de Cantabria ; y el temor de este riesgo me inclinó a dejar esas cosas como estaban , sobrándome buenos amigos en Madrid que mirarían por ellas . De todas suertes , nada más fácil que resolver lo contrario desde allá , si así lo pidieran las circunstancias . En fin , temiendo que por este resquicio de mis flaquezas se me fueran colando otros aires aún más fríos y enervadores , cerré las puertas del discurso a toda reflexión contraria a lo convenido , y Alea jacta est , me dije , como César , resuelto a pasar a todo trance mi correspondiente Rubicón . II Y acometí la empresa en la fecha convenida , un día de los últimos de octubre , frío y nebuloso en las alturas de la romana « Juliobriga » . En la clásica villa inmediata , término de mi jornada primera , y única posible en ferrocarril , hice un alto de media hora escasa : lo puramente indispensable para desentumecer los miembros y confortar el estómago ; porque no había tiempo que perder , según dictamen del espolique que me aguardaba en aquel punto desde la víspera con dos caballejos de la tierra , espelurciados y chaparretes , uno para conducirme a mí y otro para cargar con mis equipajes . Puestos en marcha todos , bien corrida ya la media mañana , delante el espolique llevando del ramal la cabalgadura que apenas se veía debajo de la balumba de mis maletas y envoltorios , sin salir del casco de la villa atravesamos por un puente viejo el Ebro recién nacido ; y a bien corto trecho de allí y después de bajar un breve recuesto , que era por aquel lado como el suburbio de la población que dejábamos a la espalda , vímonos en campo libre , si libre puede llamarse lo que está circuido de barreras . De las cumbres de las más elevadas se desprendían jirones de la niebla que las envolvía , y remedaban húmedos vellones puestos a secar en las puntas de las rocas y sobre la espesura de aquellas seculares y casi inaccesibles arboledas , con el aire serrano que soplaba sin cesar , y tan fresco , que me obligaba a levantar hasta las orejas el cuello de mi recio impermeable . Siguiendo nuestro camino encarados al Oeste , llevábamos continuamente a la izquierda , aguas arriba , el cauce del río , con sus frescas y verdes orillas y rozagantes bóvedas y doseles de mimbreras , alisos y zarzamora , y topábamos de tarde en cuando con un pueblecillo que , aunque no muy alegre de color , animaba un poco la monotonía del paisaje .
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