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Y la pobre mujer , con los ojos empañados , apenas hallaba voz en su garganta para decirme esto . ¡ A buena puerta había llamado yo para curarme de tristezas ! Agravadas las que había sacado de mi habitación con el contagio de las de Facia , apartéme de ella con dos fórmulas de consuelo , que para mí hubiera querido yo , y fuime en derechura a la cocina . IV Estaba allí mi tío , sentado en el sillón de cabecera , y a su izquierda , en el banco que le seguía inmediatamente , un señor Cura muy corpulento , con balandrán de paño , gorro de terciopelo raído , y entre manos una cachavona muy recia ; frontero a los dos , con la lumbre entre ambos , otro personaje más corpulento aún que el señor Cura , de cabeza canosa y gorda , cara cetrina y ojos muy saltones ; en el mismo banco , pero a respetuosa distancia de este sujeto , Chisco secándose el barro de sus perneras a la lumbre ; y junto a ella , y acurrucada en el suelo sin estorbar a nadie , con una cuchara de palo en la mano derecha , y en la izquierda el mango de una sartén colocada sobre las trébedes , una mocetona de ojos azules , hermoso y abundante pelo rubio y cuerpo bien metido en carnes . Al aparecer yo en la cocina , cesó el recio clamoreo de la empeñada conversación que me había parecido disputa desde el pasadizo inmediato , y todas las personas del grupo se encararon conmigo de repente . Descubríme yo entonces y avancé algunos pasos hacia la meseta del fogón . — ¡ Hola , hola ! — exclamó mi tío al verme — . Ya vienes en busca de la gracia de Dios , ¿ eh ? Me alegro , hombre , me alegro . . . A ver , toma , cógele . . . Bien que tú no puedes , porque estás ocupada . . . Tú , Chisco , cógele ese candelero que trae en la mano . . . Vaya — añadió mirando alternativamente al Cura y al hombrón del otro banco — , aquí le tenéis ya : éste es mi sobrino Marcelo , el hijo de mi difunto hermano Juan Antonio . ¿ Eh ? ¿ Qué tal ? ¿ Qué hay que pedirle en estampa ni en ropaje ? . . . Mira — me dijo a mí — , estos señores vienen a visitarte . . . Entonces se enderezaron a una los aludidos , que me parecieron dos gigantes , particularmente el seglar , que metía la cabeza hasta los hombros dentro de la campana de la chimenea ; pero ni el Cura se quitó el gorro , ni el otro el chambergazo con que tapaba una parte mínima de la blanquísima greña que se le desbordaba por todo el perímetro de la cabezota . Me dieron sendos apretones de manos , que me hicieron ver las estrellas ; y mientras volvían a sentarse , a mis ruegos , y me sentaba yo también a los de mi tío entre él y el señor Cura , continuó diciendo el primero , señalando al segundo :
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