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A los dos días de esto , llegó al pueblo una pareja de la guardia civil y una requisitoria del juez del partido preguntando por él . Se trataba del robo de una iglesia y de unas puñaladas al pobre sacristán que intentó impedirle . . . Dos pájaros de la cuadrilla habían caído ya en el garlito , y se buscaba al tercero , al capitán de ella , al famoso baratijero casado en Tablanca . . . y en otras tres o cuatro parroquias más de España y sus Indias , según resultaba de sus antecedentes procesales . Con este golpe se espantó el vecindario , se llevó don Celso las manos a la cabeza , y envejeció de repente quince años la pobre Facia . Del pícaro fugitivo sólo volvió a saberse que anduvo por las repúblicas de América , recién escapado de España , y se le daba por muerto muchos años hacía o arrastrando una cadena . A poco de verse abandonada , triste y arrepentida la desventurada Facia , recogióla otra vez don Celso por caridad de Dios ; y por caridad de Dios también no la dijo una palabra desde entonces que se refiera de cerca ni de lejos a su locura ni a su desgracia ; y a su lado fue creciendo la niña Tona , ignorando los verdaderos motivos de las tristezas y amarguras de su madre , y viviendo en la creencia de que su padre había sido un hombre de bien que , como otros muchos , se había marchado a « la otra banda » para mejorar la fortuna , y que allí había muerto sin conseguirlo , al cabo de los años . Tal es la sustancia de lo que me refirió Chisco . Con ello sólo podía explicarse el arrechucho aquel de Facia , y podía también no explicarse : de todas suertes , el caso , aun después de conocida la historia de la mujer gris , que no dejaba de ser interesante , no era para meterme en escrupulosas indagaciones ; y no me metí . VII Con dos guías tan complacientes y tan expertos como los míos , pronto conocí las principales sendas , cañadas y desfiladeros , la fauna y la flora de los montes más cercanos del contorno ; perdí el miedo que me infundían los « asomos » u orillas descubiertas de los precipicios , siendo de advertir que allí no hay camino chico ni grande que no sea un asomo continuado , y adquirí la soltura y la fortaleza de que mis piernas carecían al principio para soportarme lo mismo en las cuestas arriba que en las cuestas abajo ; es decir , siempre que andaba , porque es la pura verdad el dicho corriente en el lugar , de que en aquella fragosa comarca no hay otra llanura que la sala de don Celso . No subí a grandes alturas , porque no me tentaban mucho los espectáculos de esa casta , ni tampoco hicieron mis rudos guías grandes esfuerzos para animarme a vencer las inclinaciones de mi complexión relativamente perezosa ; pero no dejé por eso de satisfacer mi escasa curiosidad en la contemplación de hermosísimos panoramas . Por último , conocí también los principales puertos de invierno y de verano , a los cuales envían sus ganados los valles circunvecinos , y admiré la lozanía de aquellas brañas ( « majadas » ) de apretada y fina yerba , verdaderas calvas en medio de grandes y tupidos bosques de poderosa vegetación .
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