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V Juanito era feliz . Próximo al ocaso de su juventud , a los malditos treinta años de que hablaba Espronceda , en vez de tristes desengaños experimentaba la alegría de saber que en el mundo hay algo más grato que adorar a la mamá como un ídolo y plegarse a todos los caprichos de los hermanitos . El entusiasmo de la juventud , el ansia de vivir , manifestábanse en él con extraordinaria fuerza , como frutos tardíos del árbol de su vida , que había pasado invierno tras invierno sin conocer hasta ahora la primavera . Al reunir y ordenar sus recuerdos , no se daba cuenta de cómo había ocurrido su transformación . Sin duda , el amor era más fuerte que su característica timidez . En la soledad , al recordar a Tónica , avergonzábase como el que ha cometido una acción punible ; las palabras intencionadas que había deslizado en la conversación martilleábanle después los oídos , y tan pronto las consideraba ridículas como exageradamente audaces . — ¡ Dios mío . . . ! ¡ Qué dirá de mí esa chica ! Pero cuando estaba cerca de ella , el rubor desaparecía y sentía en su interior audacias que le asombraban . Ya no se conformaba con esperar que Tónica fuese a la tienda de Las Tres Rosas . Enterábase de dónde trabajaba , y con una astucia de las más torpes , salíale al paso por la mañana al ir al trabajo y por la noche al regresar a su casa ; hacíase el encontradizo y le desesperaba la dificultad de su lengua tímida , que parecía rebelarse , no queriendo ser conductora de sus pensamientos . Pasó más de una semana para Juanito sin adelantar gran cosa en su propósito . Tónica le hablaba como un amigo y le hacía confidente de todos sus pensamientos : las exigencias de sus parroquianas , los consejos de « las señoritas » , que eran las hijas de su difunta protectora , y hasta las dolencias de aquella mujer casi ciega que vivía con ella , sirviéndola de madre . Con estas confidencias , Juanito iba penetrando lentamente en la vida de la joven y la consideraba ya como algo propio , a pesar de que todavía la picara lengua seguía negándose a obedecerle . Tónica tenía en ciertos momentos rasgos de ingenuidad , que turbaban al joven , sin dejar por esto de experimentar alegría . Llegó a relatarle las aficiones de su infancia , el placer indefinible que experimentaba pasando horas enteras arrodillada ante un Cristo , rezando rosarios tras rosarios . En aquella época , llevarla a la capilla de la Virgen de los Desamparados era para ella la mayor de las diversiones , y rezaba con tal devoción , que las viejas beatas se la comían a besos , asegurando que iba para santa . — ¡ Qué época aquélla ! — decía la joven con ligera sonrisa — . Ahora la recuerdo con cierta extrañeza y no menos envidia . Las estampitas de mi devocionario me hablaban ; y por la noche , una Virgen que tenía en mi cuarto bajaba de su cuadro para arrullarme hasta que me dormía . Usted , Juanito , se burlará seguramente de que yo fuese tan tonta . . . . En fin , cosas de niñas . Pero mi madrina la condesa , en vista de tan ardiente devoción , quería hacerme monja ; y el otro día , « las señoritas » , recordando los deseos de su mamá , todavía me ofrecieron costearme el dote para que entrase en un convento .
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