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VII Los domingos , a las siete de la mañana , salía Juanito de su casa con el alegre desembarazo del colegial que en día de fiesta todo lo ve de color de rosa . Iba estirado , satisfecho dentro de su traje de lanilla inglesa , algo incómodo por el cuello de la camisa almidonado y de bordes punzantes ; pero le bastaba lanzar una mirada a sus botas de charol y a la corbata , siempre de colores vivos , para darse por satisfecho de todas las molestias que le causaba su transformación . La mamá y las hermanitas le contemplaban con asombro . ¿ Qué creían ellas ? El Juanito de ahora estaba muy lejos del de los tres meses antes . Ya era hora de dedicar a rodillas de cocina las levitas viejas de su padrastro el doctor Pajares , prendas que la mamá le había hecho usar para mayor economía . El amor había transformado a Juanito . Su alma vestía también nuevos trajes , y desde que era novio de Tónica , parecía como que despertaban sus sentimientos por primera vez y adquiría otros completamente nuevos . Hasta entonces había carecido de olfato . Estaba segurísimo de ello ; y si no , ¿ cómo era que todas las primaveras las había pasado sin percibir siquiera aquel perfume de azahar que exhalaban los paseos y ahora le enloquecía , enardeciendo su sangre y arrojando su pensamiento en la vaguedad de un oleaje de perfumes ? No era menos cierto que hasta entonces había estado sordo . Ya no escuchaba el piano de sus hermanas como quien oye llover ; ahora la música le arañaba en lo más hondo del pecho , y algunas veces hasta le saltaban las lágrimas cuando Amparito se arrancaba con alguna romanza italiana de esas que meten el corazón , en un puño . El muchacho , antes tan sólido y bien equilibrado , mostrábase inquieto y nervioso , lloraba a solas por cualquier cosa o se entregaba a expansiones infantiles ; pero a pesar de esto , era más feliz que nunca . Su antigua vida parecíale la existencia soñolienta de una bestia amarrada a la estaca , rumiando la comida o durmiendo , sin noción alguna de un más allá . Ahora , el amor por un lado y por otro la primavera , parecían incubar en él un nuevo ser , y de la ruda cáscara del antiguo dependiente , con la inteligencia muerta y la voluntad atrofiada , surgía un hombre nuevo , en el cual despertábase el mismo romanticismo de su padre cuando era joven . El Mercado le atraía los domingos en las primeras horas de la mañana , e iba a lucir sus arreos entre los puestos de las floristas . Allí permanecía confundido en el grupo de curiosos que atisbaban las caras hermosas , y lo mismo abrían paso a las señoritas que volvían de misa con el devocionario en la mano , que echaban piropos a las criadas emperejiladas , que , doblándose al peso de las cestas , metíanse entre la varonil barrera para comprar un mazo de flores .
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