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Abajo , en la cerrada tienda , encontraron a don Eugenio , siempre con la gorrita de seda , el cual acogió con gesto huraño a su antiguo dependiente . Las de Pajares y sus dos acompañantes siguieron por una acera del Mercado . Delante , las dos niñas con Andresito ; Concha malhumorada y ceñuda porque en todo el día no había visto al elegante Roberto , y Amparo muy satisfecha de poder lucir un novio , para molestia de su hermana . Detrás , el señor Cuadros dando el brazo a doña Manuela , apretándola intencionadamente el codo sobre su cadera cada vez que soltaba una palabrita atrevida y contoneándose como un invencible conquistador . Fue algo más que acompañar a las de Pajares lo que hicieron el padre y el hijo . Subieron con ellas , permanecieron de visita más de una hora , cantó Amparito para obsequiar a su futuro suegro , y cuando salieron a la calle , el padre y el hijo marchaban como compañeros unidos fraternalmente por una común empresa . Sólo habían transcurrido algunos meses , pero estaban ya lejanos para Cuadros aquellos tiempos en que el tendero de costumbres tranquilas y rutinarias se indignaba al saber que su hijo iba a los bailes y le esperaba tras la puerta empuñando fieramente la vara de medir . IX A las cuatro de la tarde entraban las de Pajares en el paseo de la Alameda . Era domingo , y la animación ruidosa y expansiva de los días festivos inundaba la acera izquierda del paseo . El tiempo era hermoso : una tarde de verano , con el cielo limpio de nubes , y en lo más alto , como un jirón de vapor tenue y apenas visible , la luna , esperando pacientemente que le llegase el turno para brillar . Las largas filas de rosales , los macizos de plantas , toda esa jardinería mutilada y corregida por las tijeras del hortelano , reverdecía con el soplo cálido de la tarde y se cubría de flores , uniendo sus simples perfumes a la estela de esencias que dejaban las señoras tras su paso . Por el arroyo central daban vueltas y más vueltas , como arcaduces de noria , los carruajes alineados en interminable rosario . Las torres de los guardas erguían sus caperuzas de barnizadas tejas por encima de los árboles , y a los dos extremos del paseo , empequeñecidas por la distancia , destacábanse sobre el verde fondo las monumentales fuentes con sus figuras mitológicas ligeras de ropa . Era la hora en que el paseo adquiría su aspecto más brillante . A todo galope de los briosos caballos bajaban carretelas y berlinas , y por las aceras del paseo desfilaban lentamente , con paso de procesión , las familias endomingadas . Los verdes bancos no tenían ni un asiento libre . Un zumbido de avispero sonaba en el paseo , tan silencioso y desierto por las mañanas , y algunas familias ingenuas conversaban a gritos , provocando la sonrisa compasiva de los que pasaban con la mano en la flamante chistera , saludando con rígidos sombrerazos a cuantas cabezas asomaban por las ventanillas de los carruajes .
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